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Esperá con los brazos cruzados.

Estoy cansado de escuchar quejas.

También de ver a las personas esperar con los brazos cruzados. 

Yo sé que a veces la vida te llena la cara de dedos. 

Lo sé, me pasó muchas veces. 

Es cuando más cuesta encontrar sentido. 

Pero hay que seguir. 

Porque quejarte de lo que no podés cambiar es lo peor que podés hacer.

A ver, te cuento de una herramienta bárbara. 

La usaban los estoicos (filósofos griegos), se llama: dicotomía del control. 

Bastante simple. 

Por un lado, las cosas que sí podés controlar; y por otro, las que no.

¿Qué podés controlar? 

Tus acciones.

Quejarte o no.

Lavarte los dientes o no. 

Hacer, hacer y hacer; o no. 

Es así. 

Si no te gusta tu realidad, cambiala.

¿Qué no podés controlar? 

El tiempo, el calor del verano o el frío del invierno.

La macroeconomía (y la micro).

Lo que hagan los demás (incluye a políticos, familia, amigos, enemigos y también, tu mascota o la del vecino).

Y las constelaciones familiares (o Saturno retrógrado). 

Entonces. 

¿De qué te sirve quejarte y perder energía? 

¿Para qué esperás con los brazos cruzados?

(Pausa, respirá).

Sigo. 

Te digo algo más y termino.

Un profesor de filosofía, William Irvine, sumó una nueva capa y lo llamó: tricotomía del control. 

¿Cuál es la idea? 

Simple: lo qué controlás, lo que no y (agregó) lo que podés influir.

Es decir, con tus acciones no vas a cambiar lo incontrolable, pero sí podés influir y generar pequeños cambios. 

Cierro.

Te lo conté en otro mail.

Para el 2030, el 50% de los trabajos van a ser freelance (lo dijo Harvard, no yo). Eso no está en tu control pero quedarte con los brazos cruzados, sí.

Lo entendiste.

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Fin.
Mariano.

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