Yoga, meditación, mindfulness, respiración profunda, terapia del sonido y cuencos tibetanos. La consigna es mágica: viví el presente y encontrá calma.
Entre gurús, ciencia y religión, todo a tu alrededor te dice lo que tenés que hacer para parar, pero, ¿cuánto hacés para hacerlo?
Buscás complejidad innecesaria en lo que no lo tiene, porque en realidad no se trata de complicarlo tanto, sino de encarar los temas de forma directa y cuando no sale, seguir intentando hasta que salga.
Es extraño buscar calma con programas de streaming de fondo, música encimada y notificaciones que se disparan en tu smartphone. Que a todo esto, algunas son relevantes, pero la mayoría son de personas o empresas que quieren venderte y mantenerte sintonizado (y no calmado) en un entorno consumista.
Tenés que hacerte cargo, mucho hablás de parar y bajar revoluciones, pero poco hacés para que eso pase. Sé honesto, sos como un chico en el patio del recreo: corrés, saltás y jugás hasta desbocarte. Después cuando algo pasa (límite interno o externo), leés la notificación: “tenés que parar y encontrar calma.”.
Somos ambiguos y extraños, nos movemos entre cosas impensadas e inimaginables (¿qué diría mi abuelo o el abuelo de mi abuelo al observarme hacer lo que hago?).
Me explico:
Después de hacerme cargo de cómo vivo y buscando calma por no poder parar, aprendí a meditar en movimiento y en cualquier lugar; llevo casi un año practicando una disciplina china milenaria: Qi Gong (o Chi Kung). Descubrí cómo meditar mientras me preparo un café, camino, antes de grabar un podcast o al viajar en un Uber para verme con un amigo. Sin parar, dejé de pelear contra mi propia naturaleza, rasgos y ritmo de vida, decidí enfrentar la “no calma” de mi micro universo de una manera distinta (y realista).
En lugar de “decirme” todo lo que no tengo que hacer, pasé a “hacer” lo que tengo que hacer. Igual, no veo recetas mágicas, en mi humilde experiencia y en lo poco que aprendí, las cosas son más simples de lo que pensaba. Se trata de inhalar, exhalar y conectar con tu cuerpo. Eso sí: en un mundo donde todo demanda tu atención y te pide que no lo hagas. —Por eso dije simple, no fácil.
Igual, más allá de reducir el ruido interno y la complejidad innecesaria, me sigo preguntando si estamos biológicamente preparados para sostener este ritmo de vida.
¿Qué opinarán los humanos del 2126 sobre lo que hacemos hoy?
¿Será tan absurdo como ver a un ejecutivo en traje tomando whisky a las 10 de la mañana, o a una mujer embarazada fumando?
Es verdad que a la distancia las cosas tienen perspectiva, pero es incuestionable que para tener perspectiva, necesitás parar y pensar, si no el absurdo continúa.
No juzgo pero observo, me canso de ver personas declarar una vida que ni siquiera practican, hablan de calma, tienen recetas, “conectan con el más allá”, y como si todo esto fuera poco, dan clases magistrales de: “vos sabés lo que tenés que hacer…”. Pero en la práctica, lo que menos hacen es practicar su propia filosofía, trabajar en ellos mismos y llevar calma a su propia vida.
Lo primero es empezar por casa; pero aceptá que te vas a equivocar, porque en general vivís con más errores que aciertos (y esto me lo digo más a mí que a vos). Más allá de que la locura del mundo actual te diga lo contrario, tristemente, los humanos nos equivocamos. Y mucho.
El humano que no se equivoca es el que no hace nada nuevo (y probablemente mira una vida ajena por streaming a través del smartphone). No tengo nada en tu contra ni de los contenidos que elijas, pero me inclino por lo que dijo Jordan Peterson, antes de criticar al mundo y pregonar calma: —Ordená tu habitación (¿ya lo hiciste?).
Fin.
Mariano.
Reflexiones, cada semana desde el 20 de marzo de 2024.
¿Te gustó? Decimelo. Hasta la próxima reflexión. Gracias.
Mariano.Leé más de lo que escribo: Reflexiones: acá; y, Hambre y Ganas: acá.
