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Metro cuadrado. | #129

Llevo semanas observando con mucha atención a las personas (también a mí mismo, pero eso es una costumbre). 

Para mí el mundo siempre fue un lugar para entender. Desde chico me acompaña una profunda sensación de ignorancia y siempre me interesaron los por qué y los cómo. Es decir, por qué las cosas son así, cómo se hacen y cómo podrían hacerse mejor.

Entre la universidad, cursos, reuniones de trabajo, gimnasio y mi sana costumbre de sentarme en un café, cada semana me vinculo directa e indirectamente con decenas de personas. Y te cuento algo, sacando las escalas de grises y los matices, hay dos grandes tipos de personas: las que trabajan en su metro cuadrado y las que no lo hacen.

—¿Qué es tu metro cuadrado? —Todo lo que te convoca. Dicho de otra forma, si lo vivís de cerca, es parte de tu metro cuadrado. Lo que hacés o dejás de hacer; si decidís ser comunicativo en tus relaciones o no; si cuidás tu salud o no lo hacés; si decidís leer un libro o preferís un atracón de series; si te levantás temprano para ir al gimnasio o decidís quedarte en la cama; si hacés las cosas que te hacen bien o insistís en las que te hacen mal; si trabajás en cambiar lo que no te gusta o simplemente te quejás. Bueno, todo esto (y más) es lo que tenés en tu metro cuadrado. 

Ahora, ¿cuál es el límite de tu metro cuadrado? —Todo aquello que te es ajeno y no podés generar casi ningún tipo de influencia. A ver, en principio, todo lo que tenga que ver con otro u otros está afuera de tu metro cuadrado. Pero planteemos una situación: supongamos que yo tengo un problema con vos porque hiciste algo que no me gustó. En este caso, es híbrido, porque yo no puedo controlar lo que hacés o no, pero sí puedo hacer una gestión para expresarte que lo que hiciste me hizo sentir mal, y además, puedo pedirte que en el futuro no lo vuelvas a hacer. Es decir, no controlo tus acciones, pero como estás en mi metro cuadrado, sí tengo un margen de maniobra para decirte cómo me siento y pedirte algún tipo de cambio de comportamiento.

Ahora: —¿Qué cosas no controlo de ninguna manera? —Lo que pasa en la economía, la política, si Milei o la izquierda hacen tal cosa u otra. No controlo el tiempo (me encantaría que todos los días sean soleados, pero son como son), tampoco controlo lo que haga mi vecina noctámbula (escribí en la newsletter diaria una anécdota divertida), tampoco si vos continuás leyendo o ya te aburriste. Lamentablemente no lo controlo. Pero sigo, porque si me aburro yo, es más probable que te aburras vos. 

Volvamos al metro cuadrado. Primero, te pido un favor: pará la pelota un segundo. —¡Fiuuuu! (es un chiflido) ¡Pará! —Quiero que te preguntes esto, lee lentamente: —¿Qué debería estar haciendo en mi metro cuadrado? ¿Qué no estoy haciendo pero sé que tengo que hacer? —Ahora, silencio y escuchate. —¡Fiuuuu! ¡Pará de vuelta! —No pienses en por qué no lo hacés. Solo pensá en lo que querés hacer o en lo que deberías estar haciendo y no hacés… Permitite pensarlo. 

Cuento corto, una vez que pensás en estas cosas, te das cuenta de que la vida es bastante compleja y que tenés muchas más responsabilidades y tareas de las que creés.

Como te dije, descubrí que hay dos grandes tipos de personas: las que se ocupan de su metro cuadrado y las que no. Y ojo, esto no hace que seas mejor o peor ser humano, porque podés estar pasando por un momento complejo o malo. Lo que te digo es que esto tiene un impacto directo en tu calidad de vida, en la forma en que te relacionás con otros y con el mundo.

Porque en la medida que aumentás la frustración, por abandono o desatención, empezás a acumular gestos negativos con vos y con el resto del mundo. Después te sentís mal (aparece la tristeza, la angustia, la ansiedad, la frustración o la rabia, o todo junto) y te llenás de pensamientos negativos. Te volvés quejoso, estás cansado y te la pasás buscando, consciente o inconscientemente, conflictos que alimenten la toxicidad. 

Al contrario, una vez que empezás a trabajar en tu metro cuadrado, se te van las ganas de juzgar a otros. Te quejás menos porque no tenés tiempo, estás demasiado ocupado en los temas de tu metro cuadrado. Deja de importarte tanto si alguien hizo o dijo tal o cual cosa, o si el error que cometió un X (Y o Z) es tan grande como para cancelarlo de por vida en redes o para colgarlo en la plaza pública (el odio es una clara expresión de la frustración). Sabés qué: trabajar en tu metro cuadrado cambia tu actitud para con la vida. 

Veo muchas personas que justifican su oscuridad, frustración y odio, entrometiéndose en causas ajenas o conspiraciones que no resisten ningún tipo de análisis. Dedicar horas de vida a estudiar en profundidad cómo el mundo se puso de acuerdo para perjudicar a la Argentina en la final del mundial (salvo que estés buscando volverte viral en redes sociales) quiere decir que no estás haciendo otras cosas que tenés que hacer. Ojo, no digo que no pueda ser una posibilidad que algún perverso con una mente siniestra actúe maquiavélicamente para perjudicarte o perjudicar a la selección. Lo que digo es que es más probable que suceda algo en tu metro cuadrado (y más precisamente en tu propia imaginación).

Ponete a trabajar. —¡Hacé y equivocate! —No hay solución perfecta, pero sí, la mayoría de las veces, hay una solución que se ajusta a vos, a tu realidad, a tus rasgos y a tu propia vida. En la medida que te ocupás de tus asuntos inmediatos, ganás capacidad para ocuparte de los que están más lejos. 

Y esto tiene otra capa más, la que más me importa: en la medida que cada uno de nosotros trabaja en su metro cuadrado, nos volvemos mejores personas. Somos mejores con nosotros mismos y mejores con los demás. Crecemos, y en la medida que lo hacemos, esa suma de metros cuadrados hace que seamos mejores como grupo, pueblo y nación. 

Argentina necesita un cambio, pero ese cambio es de mentalidad. 

El problema no son solamente los políticos, empresarios, sindicalistas y otros charlatanes que viven de tu trabajo. Todos somos parte del problema cuando no estamos trabajando por mejorar nuestro metro cuadrado. Y tu metro cuadrado empieza en las conversaciones que tenés con vos mismo, sigue con la calidad de conversaciones que tenés con tu entorno: con tu pareja, amigos, socios, vecino, portero y el que maneja el Uber o el colectivo (no decir “buen día”, ni mirar a los ojos, es un claro síntoma de cómo estás siendo en tu metro cuadrado). Después, seguí con cosas más grandes, agregarle valor al mundo, hacer algo por otros. Y, ¿por qué no transformar un negocio, una industria o una forma de pensar?

(Para los más exigentes, sé que pasa todo junto. Pero también sé que si estás bien con vos mismo, tenés más fuerza para ser mejor en todo).

Duele aceptarlo, pero todos somos parte del problema. Hay muchas cosas para hacer y faltan manos disponibles. Necesitamos menos personas quejándose y más personas trabajando en su metro cuadrado.

—¿Qué deberías estar haciendo y no estás haciendo?

Fin.
Mariano.

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