Ésta semana me gustaría escribir sobre la «falta de confianza», mejor dicho y dicho de otra forma, sobre la «desconfianza». Por distintas y particulares circunstancias –vivencias–. Éste tema me abordó lo suficiente como para dedicarle una reflexión, decidí que sea la de esta semana.
–¿Empezamos?
En base al escrito que publiqué semanas atrás «¿La felicidad está muerta?» –Si te la perdiste, te dejo el link acá–, he investigado y analizado algunas métricas y estadísticas globales. Algo sorprendido, por no decir consternado, me encontré con investigaciones que evidencian el aumento, prácticamente generalizado, de los niveles de individualismo en el mundo. Desconozco, qué es primero «sí el huevo o la gallina», pero sin dudas éste fenómeno afecta a nuestra especie. Son múltiples los desafíos que tiene la humanidad por delante, aunque personalmente, algunos asuntos llaman más mí atención que otros.
–Por mencionar sólo dos– Me sorprendió la tendencia decreciente en la tasa de natalidad y también la disminución de la sexualidad entre las personas –aunque no es así lo que respecta al deseo, consumo de pornografía y fetiches–. Y… ¡Sí! Para algunas personas, pueda parecer extraño sólo escucharlo –o mejor dicho leerlo–, pero éstos temas están sucediendo hoy a mediados de la década del 20 en el Siglo XXI.
–¡Nobleza obliga! Pienso, refuerzo la idea y hago un #comentario. Si algún lector busca un nivel de rigurosidad mayor –estadísticas, métricas, etc.–, me pueden pedir. –Las publicaciones que realizo en #Reflexiones son ideas, pensamientos y análisis atravesados por lecturas, conversaciones e investigaciones. Confluyen a través de mis escritos en «opiniones» personales. El objetivo de Reflexiones es pensar un poco y hacernos preguntas, más y mejores preguntas.
–Continuemos…
Hace unos días en Snac, con mí querida amiga y colega Adriana Sirito, conversamos por un buen rato –te dejo el link a la charla acá–. Entre varios temas, abordamos la importancia del perdón y, el hecho de que todos los seres humanos tenemos en nuestra esencia una marcada orientación hacia la bondad y el trabajo en equipo –además, de muchas otras cualidades positivas–.
–No sé si a vos te pasa como a mí, pero si sos parte de la generación denominada Millennial, probablemente lo que voy a escribir te haga sentido–. No digo que sea mejor ni peor, sólo digo que es, por lo menos, distinto. Parto del supuesto de que mí memoria no falla y recuerdo que cuando era niño. En el ambiente se respiraba un espíritu de solidaridad y comunidad, mayor y muy distinto al que vivimos hoy. Siento, no digo que sea así pero es lo que siento, qué a pesar de que hoy nos reunimos bastante parecemos más una suma de individualidades que una comunidad. Siento, también, que esa fuerza invisible que actúa como pegamento social está desgastada, frágil, golpeada, manoseada… Hablo de la «confianza». Faltos de confianza, ante el más mínimo desacuerdo, sentimos como se podría avecinar lo peor y nuestros vínculos comienzan a derrumbarse.
Siento, pienso y creo que llegó la hora de por lo menos levantar la guardia, debemos estar un poco más alerta, atentos, a las numerosas «banderas rojas» que se visibilizan. Pero por fuera de la «cámara de eco».
–No digo que sea así, pero en cierta forma es lo que creo o al menos, lo que vengo pensando. Hay cierto tipo de consumo que tenemos en el día a día, qué a mí, me alarma y aterra ¡Sí! Creo que el contenido que nos está dejando el cerebro frito.
Sobran «contenidos» –documentales, series y películas– que reflejan la «monstruosidad» de nuestra especie. Pero cuando pensamos en la «bondad», la «verdad» y la «justicia». Ésto queda reservado para muy pocos, quizá para los «raros». Como asiduo lector, no puedo reducir este tipo de contenidos a las plataformas on-demand, porque también sucede en la industria editorial, podcasting, streaming y el entretenimiento en general–.
–Reflexiono –No puedo evitar preguntarme: ¿Estarán los contenidos influyendo en nuestra cognición? En cierta forma, nos movemos oscilantes, entre el contenido «monstruoso» y el entretenimiento «absurdo» y «humorístico» –¿buscamos reir más y más, como queriendo escapar de nuestra existencia?–.
Tengo muchas preguntas, pero pocas respuestas. Me persiguen nuevos y más interrogantes: ¿Estaremos aclamando por la necesidad de más tiempo contemplativo? ¿Nos vendría bien una pausa real para volver a apreciar la naturaleza bondadosa y cálida de nuestra especie?
–Continúo. Me pregunto y te pregunto –¿Será la confianza ese pegamento cohesivo para recuperar el pensamiento comunal y colectivo? ¿Puede sobrevivir éste modelo de civilización donde la confianza tiene tantas grietas que comienza a derrumbarse? –No tengo respuestas, y probablemente mis interrogantes engloben muchos conceptos y categorías que requieren un análisis riguroso, exhaustivo y profundo. Sin embargo, todos podemos entender lo qué es el individualismo, la soledad y la falta de confianza.
Con frecuencia recuerdo –probablemente no sea literal, así es como lo guardo en mí memoria–, qué mí –por aquel entonces– profesora Alicia Otano en la clase de maestría mencionó una definición de confianza, que decía algo así: «confiar en otra persona es poder entregarse a sus manos sabiendo –que dicha persona o personas–, nos van a saber cuidar».
–Reflexiono y hago una pausa… –Es a partir de ésto qué me pregunto y te pregunto –¿Cómo te hace sentir el simple hecho de leer esa definición? ¿Confías en los que te rodean, en quiénes trabajan con vos, en las personas con las qué compartís la vía pública? ¿Confías en una persona que no tiene un perfil en redes sociales? ¿Podés entregarte a las manos de un otro «sabiendo» que te va saber cuidar? ¿Querés hacerlo? ¿Te animas a hacerlo?
–Para finalizar, reflexivo, me llevo conmigo una última pregunta adicional –¿Habremos normalizado ciertas cosas que no deberían ser normalizadas y en el camino olvidamos otras que no deberíamos haber olvidado?
Te invito a pensarlo…
Fin.
