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Sin Señal. ¿Un paso atrás? | #88

¿Cómo sería tu vida si no existieran los smartphones ni las redes sociales?

Bueno. La respuesta corta es:

Igual que cuando no los estás usando, la respuesta larga es distinta. 

Te cuento: esta semana me propuse hacer un experimento con la idea de recordar como era mi vida antes del smartphone. 

Entonces, dejé de usarlo. Bueno, en realidad hice lo que pude, lo dejé en el bolsillo.

No sé si a vos te pasa, los días que no tengo compromisos (no paterno, ni tengo agenda programada), cerca de las ocho de la noche entro en conflicto. 

Pero de un lado, me aparecen las ganas de hacer algo. Y del otro, me pesa el día y la semana. Por dentro, crece una charla. Un dilema: —”Salir o no salir.”.

Tiré la moneda. Salió Cara. Obvio, como de costumbre, y como si mi vida se tratara de una interminable rebelión. Hice lo opuesto.

Salí un rato, para alterar lo habitual y romper la rutina. 

No sólo eso. Pero como te dije, quería recordar como era mi vida antes del teléfono.

Emprendí la aventura. Mientras caminaba le puse atención a mi respiración. Y miré todo lo que iba apareciendo a mi alrededor. Crucé a varias personas. Y por distintos motivos estaban por ahí. Algunos por deporte, otros regresando a sus casas después del trabajo. Y algunos, quizá como yo, experimentando el recuerdo de la vida antes de los smartphones.

Bueno, llegué al lugar que me propuse y entré. No había mucha gente. Cuando pasé, el personal y algunas personas (las que no usaban sus smartphones) me miraron.

Respiré profundo. Levanté las cejas y sonreí. Se acercó una camarera, me devolvió la sonrisa. Se ahorró las palabras y con un gesto me dió a entender: “podés sentarte donde quieras.”.

Me senté en una mesa de dos, cerca del escenario. ¡Ah, no te dije! Fui a ver un pequeño show de música en vivo.

Ni bien me acomodé, mi impulso fue revisar el teléfono. Un reflejo que atajé a tiempo. Sí. Respiré y lo dejé en el bolsillo. Conecté con el ambiente, observé en detalle todo lo que me rodeaba. 

El lugar, relajado. Un bar, rústico. Con más aroma a noche, que a día. Sus pisos un poco pegajosos, no mal, ni sucio, sino producto de un desgaste natural. Un lugar que sobrevive dentro de sus posibilidades.

Bueno, mi intención de agarrar el teléfono se repitió, varias veces. Pero me prometí no hacerlo.

Se acercó la camarera. Tuvimos el típico diálogo que estás imaginando. Me dijo: —”Acá tenés el QR. Enseguida vuelvo.”. —Volvió. Le hice unas preguntas sobre el menú y pedí. Elegí un sandwich de pollo. Y para tomar una copa de vino. También, un vaso de agua grande, con hielo.

Al rato mientras miraba como los músicos resolvían detalles técnicos, se acercó una chica. Me preguntó si la mesa a centímetros estaba ocupada, le dije que no con la cabeza e hice una reverencia con la mano invitándola. Se sentó. 

De forma discreta la observé. Después de apoyar su cartera sobre la mesa, lo primero que hizo fue… ¿Adiviná? —Obvio. Lo que hacemos todos. O por lo menos más del 80% de la población (según estadísticas recientes en latinoamérica más del 80% tenemos smartphone).

El primer pensamiento que irrumpió en mi mente viéndola llevar adelante su performance (filmar, hacer un par de selfies y mandar mensajes a personas y grupos de whatsapp e instagram), fué de juicio. 

Mi diálogo automático interno se puso en modo crítico. Aparecieron frases como: —”No podés estar sin el telefonito.”. —Y, —”Porque no mirás el show a través de tus ojos.”. 

En fin. Tardé unos segundos. Pero me di cuenta. A quién podía juzgar si un rato atrás a duras penas superé la batalla interna de no usar mi teléfono.

Sabés qué. Esto es más normal de lo que te imaginás. Más del 65% de nosotros revisamos constantemente el teléfono aún sin recibir notificaciones. Es peor todavía. Cerca del 25% de las personas tiene miedo a estar sin su teléfono. Tiene nombre y todo. Se llama: nomofobia.

Bueno. Sigamos.

A pesar de la tentación. Y la incomodidad momentánea. Logré mantener mi teléfono en el bolsillo. Toda una experiencia. 

A lo largo de la salida tuve una serie diálogos y emociones interesantes. Poco habituales. Me sentí conectado con el ambiente y casi todo lo que me rodeaba. Es más. Tuve la extraña sensación de flotar influenciado por la música. Experimenté lo que fui a buscar. Reviví como era mi vida antes del smartphone. 

Y llegué a otras ideas. 

Descubrí que mi vínculo con el teléfono tiene dos caras. Sí, dos.

Por un lado, me permite acceder a mundos antes impensados. Tengo acceso a información y contenidos de todo tipo. Llego a ideas y pensamientos que de otra manera probablemente no llegaría. Interactúo con personas a la distancia. Hago un podcast. Leo y escribo digitalmente. Compro cosas. Pido comida. Veo qué hacen mis seres queridos y no tan queridos. Conocidos y desconocidos. Todo, desde el sillón de mi casa. 

Del otro lado, los problemas crecen. No puedo negarlo. Ni disimularlo. No creo que esté bien lo que me cuesta no mirar el teléfono. Y no importa el motivo. Las excusas. Si es por la necesidad de revisar notificaciones. Disimular la incomodidad. Aburrimiento. Esquivar mi diálogo interno. O incluso, justificar el uso con frases como —“Trabajo de esto.”. —O, —“A ver si pasó algo y no me entero.”. —No importa.

El tema es así. 

Ese rato sin mirar el teléfono me recordó lo que era la vida antes del smartphone. 

El mundo no empezó con el smartphone. La humanidad llegó hasta acá y demostró que no hay una sola forma de hacer las cosas. Hay que concientizarse. O al menos, intentarlo.

Yo. Hago mi parte. Más seguido voy a dejar el celular en el bolsillo. Quién sabe. Quizá un día me animo a dar un paso atrás y dejarlo en casa. 

¿Vos, qué decís? ¿Salimos y lo hacemos juntos?

Fin.


Reflexiones, todas las semanas desde el 20 de marzo de 2024.

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