El otro día vimos junto a mi hijo la película del Mago de Oz, la original de 1939.
Bueno.
Me quedaron algunas reflexiones.
Primero, lo que es bueno es bueno; ayer, ahora y siempre, punto.
Segundo, es cierto que todo cambia, es innegable, se ve en la filmación, la ropa, los peinados, las expresiones, prácticamente todo lo superficial.
Sigo.
También cambió lo que “parece” profundo (algunas ideas y conceptos); pero si profundizás lo suficiente, más allá de lo superficial y lo que parece, hay cosas que no cambian porque son inherentes a las personas, vienen con vos y se transmiten de generación en generación.
A ver, me explico.
La película gira en torno a la idea de “volver a casa”, y en ese desafiante camino, uno de los personajes (el espantapájaros), se suma al recorrido buscando un cerebro para tomar mejores decisiones inteligentes; otro personaje (el hombre de hojalata), quiere un corazón para conectar profundamente con sus emociones; y el último (el león), quiere ser valiente, para tomar el control e imponer las condiciones.
Pero sabés qué es lo más interesante, una vez que Dorothy, el espantapájaros, el hombre de hojalata y el león, recorren el camino amarillo (del héroe) enfrentando cada uno de los desafíos propuestos por la bruja malvada (el lado oscuro), llegan a la conclusión de que la posibilidad de “volver a casa”, “tomar decisiones inteligentes”, “conectar profundamente” y “ser valiente y tomar el control”, siempre estuvo adentro.
Y no se trata de tener o no, sino de confianza; creer (profundamente), que sí podés.
Entonces.
Yo no sé si volviste a casa, tomaste decisiones inteligentes, conectaste profundamente o sos valiente.
(Supongo que sí porque estás leyendo este escrito).
Lo que sí sé es que incluso 87 años después, lo profundamente importante y humano nunca cambia.
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Fin.
Mariano.
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