Vivís en un mundo donde la promesa de bienestar siempre está en el futuro.
No sé si a vos te pasa, pero me di cuenta de que las cosas que valoro son distintas de las que antes creía importantes. Y te digo más, las que valoro son pequeñas y las puedo contar con los dedos de una sola mano.
Sospecho que algo tiene que ver el paso del tiempo, pero no creo que sea lo único. Conozco gente grande que necesita muchas manos para contar las cosas que valora.
Te cuento algo: un día, hace unos años, estaba descalzo haciendo ejercicio en el pasto. Me acuerdo porque en ese día algo adentro mío se rompió, o mejor dicho se arregló. Tenía temas laborales, pero sobre todo conflictos internos. Y entre los pensamientos rumiantes, tuve lo que llaman un “momento eureka”.
No descubrí nada extraordinario, o sí: descubrí algo ordinario para el mundo, pero extraordinario para mí. Pisando el pasto, disfrutando del sol y rodeado de árboles, me pregunté: —¿Necesitás mucho más que esto para sentirte bien?
Puede parecer cliché, pero esa pequeña reflexión tuvo un impacto enorme. Fue un antes y un después; me llevó a que días más tarde ordenara muchos de mis asuntos.
Ya tenía claro lo que me importaba (ese trabajo lo había hecho antes), pero estaba atrapado entre lo importante y lo que priorizaba. Es decir, era incoherente en cómo repartía mi energía y atención. Dedicaba muchísimo de mí a dar batalla en cosas que estaban fuera del conteo de los dedos de mi mano.
No creo que sea ejemplo de nada, pero como no quiero que te pase lo mismo, te propongo este ejercicio:
Primero, agarrá un papel y anotá las cuatro o cinco cosas que más valorás (las que son importantes para vos, no para los demás, ¡para vos! Por ejemplo: lealtad, amistad, aprender…). Segundo, anotá a qué le dedicás tiempo en tu día a día, lo que hacés. Tercero, en base a las cosas que valorás, asigná un puntaje del 1 al 10 a cada elemento de las cosas que hacés (1 bajo y 10 alto). Cuarto, ordená el listado poniendo lo más importante arriba y lo menos abajo. Quinto, contrastalo con tu realidad y preguntate qué tan coherente es con lo que vivís en tu día a día. —Este ejercicio es pequeño para el mundo pero extraordinario para vos. Y si te pasa como a mí vas a tener mucho en qué trabajar.
Más allá de lo que el mundo te demande, si nos desarrollamos desde adentro, no solo es beneficioso para vos, sino también para el entorno que te rodea. Cuando digo “desarrollamos” no lo digo en términos económicos, físicos, profesionales o académicos, lo digo en términos humanos. Podés convertirte en una mejor versión, pero más allá de la cáscara.
Para eso necesitás parar la pelota, dejar de correr como un hámster en la ruedita y reflexionar. Porque nadie va a conocer por vos las cosas que te llenan y te erizan la piel. En algún momento tenés que dejar de vivir el sueño ajeno para pasar a vivir el propio.
¡Ojo! No digo que sea igual para todos; al contrario, no hay una receta mágica. Vos, al igual que yo, tenés que explorarte.
Como te dije al comienzo, para mí las cosas importantes son muy pequeñas y las puedo contar con los dedos de una sola mano. Me encanta despertar a mi hijo con un abrazo o escribir mientras tomo una taza de café (como estoy haciendo ahora)… Pequeñas cosas…
Sí, si lo pensás, son pequeñas cosas para un mundo que intenta desorientarte prometiendo grandes resultados que nunca llegan.
Por eso, quizá no se trata de seguir buscando afuera, sino de volver a las bases, descubrir de qué estamos hechos y, en base a eso, alinearnos.
Fin.
Mariano.
Reflexiones, todas las semanas desde el 20 de marzo de 2024.
