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El poder de las palabras. | #16

Esta semana como de costumbre estuve pensando sobre el tema de este escrito. Lo definí pensando un poco más de lo habitual. En un estado meditativo, pensé mucho en «las palabras»: el poder, el valor y la utilidad que poseen.

–¿Vamos?

–Reflexivo, me pregunto –¿Nuestras ideas dependen de nuestras palabras o es a la inversa? –Pienso –A lo largo de la vida nuestras ideas mutan, se transforman, a veces evolucionan y otras involucionan. Nuestro carácter es por naturaleza dinámico, lo que sentimos, apreciamos y deseamos hoy, no necesariamente es lo mismo que vamos a sentir, apreciar y desear mañana.

–Continuó la reflexión, me digo en voz baja –Una parte de nuestro carácter es perecedero. Cada determinada cantidad de tiempo una porción de nosotros se renueva –Pienso y ejemplifico –Sí me cruzara con mí yo de la adolescencia y le preguntara: ¿Qué querés, por qué y para qué lo querés? –Al escuchar su respuesta y compararla con lo que pienso hoy: ¿Qué diría? –Continúo elaborando la idea –Y… ¿Si le pregunto a mí yo de los veintitantos? –Y… ¿A mí yo del año pasado? O al… ¿De hace 6 meses atrás? –Bueno, es probable que durante la última etapa de mí vida mí respuesta no haya cambiado tanto. Sin embargo, no puedo cuestionarlo, y tampoco tengo dudas, muchas de nuestras ideas son perecederas; más breves y efímeras de lo que nos gusta admitir –o al menos de lo que a mí me gusta admitir–.

–Eso sí –Reflexiono –Una cosa es cambiar y transformarse –¡Es natural así somos!–. Otra muy diferente es ir por la vida asumiendo compromisos sin cumplirlos. Usar mal las palabras, decir una cosa y después hacer otra.

¡Es cierto! Las personas, estamos llenas de contradicciones, «nos parecemos» en varios aspectos, pero en otros «somos muy diferente». Sí en algo nos diferenciamos los seres humanos es que: ¡No todos hacemos lo mismo! –Para algunos de nosotros: ¡Los compromisos son importantes! Si damos nuestra palabra a alguna persona o a nosotros mismos, hacemos mucho por y para cumplirla.

Hace unos días mientras escribía mí hijo veía una película –«The Sandlot: historia de un verano»–, en una escena uno de los personajes –Un niño que no recuerdo su nombre–, le pregunta a su padre –¿Papá podés enseñarme a jugar al beisbol? –El padre, atareado con tareas de su trabajo, le responde –«Sí, puedo. Pero el fin de semana». –Su respuesta, generó grandes expectativas en su hijo. –Al escuchar la narración de la película, no pude evitar crear una imagen y hacer una autorreferencia. Pensé en situaciones que le «digo» a mí hijo, algo así cómo –«A la tarde vamos a la plaza» –Él está en una edad en la que yo soy una especie de súper hombre. Me lo hace sentir especialmente cuando me pide: un vaso de agua, algo de comer, un postre y «¿Me armás éste lego?» ¡Todo en simultáneo!

Para mí hijo mis palabras son «poderosas e importantes», cuando no soy coherente me lo recuerda. En relación al paseo, me diría algo así como –«Papá ya es la tarde, me dijiste que íbamos a ir a la plaza y no fuimos» –La mayoría de las veces, sus palabras también «poderosas e importantes» ejercen en mí una influencia cuasi inmediata y en minutos estamos jugando en la plaza. –¡Es cierto! Hay ocasiones en las que me cuesta cumplir, por cansancio u otros motivos –Muchas son las variables que pueden intervenir y no todas las controlo.

–Sin embargo… Más allá de lo cambiante, lo que no controlamos y escapando de la autorreferencia. Conduzco el análisis hacia otras personas y situaciones. –Me pregunto: ¿Da todo lo mismo? –Me respondo –No, no da todo lo mismo ¡Nada es gratis! Al menos no lo es para mí. –Cuándo no cumplo con mí palabra –sea a mí hijo u otra persona–, siento presión, incomodidad y hasta me cuesta conciliar el sueño. No puedo simplemente olvidar, necesito hacer algo para enmendar mi falta. –¿Y a vos no te pasó –o pasa–?

En una época dónde la palabra se amplifica como nunca antes, vamos dejando huellas, incluso sin darnos cuenta. Pareciera –no digo que sea así, es lo que a mí me parece–, que estamos un poco apurados, corremos y mientras corremos usamos nuestras palabras simultáneamente en un sinfín de conversaciones –¡Tantas! Que perdemos de vista los diálogos que tenemos abiertos. Quizá –no digo que sea así sólo quizá–, mientras corremos asumimos compromisos y éstos, generan expectativas en otras personas, ¿no?

–Pienso y me pregunto y te pregunto –Entonces, la cuestión deja de ser si cumplo o no cumplo y pasa a ser: ¿A quién no le estoy cumpliendo? ¿No? –Profundizo. Me pregunto y te pregunto –¿Están nuestras prioridades lo suficientemente ordenadas? ¿Le estamos dejando de cumplir a personas realmente importantes para nosotros? ¿Cuál es el incentivo para dedicar tiempo y atención a estas personas importantes? ¿Estoy –y estás– haciendo lo suficiente por las personas que son importantes? –Pensalo: «Viví tu propia aventura».

Creo que todos, o casi todos, debemos tener al menos una persona importante en nuestra vida –incluyéndonos a nosotros mismos–, a la qué quizá le estemos fallando o, al menos, no le estamos cumpliendo como nos gustaría hacerlo.

–Como de costumbre no tengo las respuestas pero creo que vale la pena hacerse las preguntas y pensarlo por un rato. –Me recuerdo: ¿Cuál era el tema de éste escrito? –Me digo –«El poder de las palabras» –¿Para vos? –¿Qué poder y valor tiene la palabra –«tú palabra»–? 

–Para finalizar, pienso en una frase que se le asigna a varios filósofos. Es hermosa, te la traigo de regalo: «No hay mejor almohada que la conciencia tranquila» –Pensalo.

Fin.

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