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Fast Food, ¿para el alma? | #89

Entonces me di cuenta, quise decir algo sin saber qué ni cómo.

Primero, como siempre, me comí las papas. Después. Con las manos engrasadas y una hamburguesa triple (Fast Food), pensé en el mundo, en sus capas (o layers como dicen los gringos). 

Bueno, no sé si lo pensaste, yo sí. Tenemos capas en todo: biológico, social, cultural y espiritual. Capas y más capas. 

Es más, vos (y yo), hoy vivimos en una capa que quedó de lo anterior.

Desde tus genes, hasta vivir apilados. O pedir tu hamburguesa por aplicaciones. 

¿Y?

Bueno, más allá de la moda o el marketing. 

Lo bueno en general sigue vivo. Como los Griegos o la Capilla Sixtina. Que sé yo, algo bueno tendrán (alma), por algo perduran, ¿no? —Sí, es verdad. También hay obras y personas incomprendidas, como Vincent van Gogh.

Mirá, el tema es así.

Hoy, las cosas están alteradas. Vivimos en tensión y oportunidad, entre el Fast Food y las recetas milenarias. 

Tenemos las mismas chances de oscurecernos como en la edad media o de florecer como en el renacimiento. Pero nos movemos, entre dioses y animales, entre compasión y crueldad y entre expansión y auto-destrucción.

Te cuento algo: dos imágenes (en movimiento) que viví esta semana.

La primera: semáforo en rojo, a mi derecha un chico de unos veinticinco años en un auto. Con él, o mejor dicho encima de él, un perro (shiva inu). —Cara apagada, desconectado. —Una mano agarra el volante y la otra se mueve por el smartphone (que está apoyado arriba del perro). Semáforo en verde: el auto, el chico, el perro y el smartphone, circulan como si nada por una de las principales avenidas de Buenos Aires. 

Silencio profundo. 

Segunda: también a mi derecha. Vibraciones. Latidos. Sentimientos. Un amigo y colega, lee un poema. Todos escuchan. Él intenta retratar con palabras la injusticia y el sufrimiento que ve en el mundo. Compartirlo. Y también, al mismo tiempo, busca que su alma se exprese y desbloquee. Hace.

Reinicio donde empecé. 

Quise decir algo. Ahora sé qué y cómo. 

Mi alma está gritando. Me rehuso. Me resisto. 

No quiero una vida Fast Food. Superficial. Desconectada. Dónde me olvido de los detalles, matices y capas. Donde hago daño a otros por no poder lidiar con mi propio sufrimiento. Donde mi alma se oscurece a tal punto que ni siquiera pone resistencia. 

A ver. Para que me entiendas.

Me gusta la modernidad. La libertad. Me encanta tener una Mac. Y hablar con mi hijo cuando estoy a la distancia. También. Compartirte estas ideas. O poder aprender lo que sea desde donde sea. 

Me gusta. Pero también veo. Y siento. Sobre todo siento.

Por eso tengo una responsabilidad. Estoy obligado a matizar mis manos engrasadas de experiencias. Y hacer algo más.

Durante horas escribo para encontrar las formas de decírtelo. E invitarte. Tiempo lento. Y Reflexión. Con defectos y virtudes.

Con la imperfección propia de la naturaleza y el error humano. Hago lo que puedo. Pero hago algo. No me quedo de brazos cruzados.

Menos estupideces. Menos absurdas “red flag”. Y más atención a los problemas reales. Y si no podés, trabaja en eso. Pedí ayuda. Dale espacio a tu alma. No te apagues. 

Es urgente. Necesitamos más humanos responsables que nunca. Más respuestas a los gritos mudos que piden auxilio. Y también límites. Y guía.

Más, no menos. Más. 

—O si no, ¿qué? ¿Resignarnos? 

¿Querés ser un (nuevo) esclavo con placeres Fast Food ilimitados? 

Yo no. —Me rehuso.

Fin.


Reflexiones, cada semana desde el 20 de marzo de 2024.

Hasta la próxima reflexión, seguro. Gracias.

Mariano.

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