No me acuerdo el motivo ni la ocasión. Sí tengo una idea clara de lo que sentí. Y lo que me provocó.
Tenía 7 años, estaba en un cumpleaños. Haciendo lo que hacen los chicos, jugando. Entonces, alguien hizo algo; no me acuerdo qué. Pero sólo sé que no me gustó, hirió mis sentimientos. Me afectó. Pasé de estar jugando, siendo un niño más. A alejarme. Tomar distancia. Sentarme a un costado, con los brazos cruzados. Enojado. Frustrado.
Ese día empezó y nunca terminó. —Mis papás decían que me empacaba.
En todo tipo de reuniones sociales, estaba bien hasta que dejaba de estarlo. Algo pasaba. Y eso me afectaba. Me enojaba y me aislaba.
Mi papá o mi mamá, decían: —“¡Uh! ¿Ahora qué pasó? Se empacó.”.
Al principio creí que el problema estaba afuera, en este mundo defectuoso, injusto. Lleno de personas que constantemente incumplían (e incumplen) mis expectativas. Probé expresando mis sentimientos. Y haciendo pedidos.
Pero, no, no funcionó.
Después, durante muchos años, pensé que algo estaba mal conmigo. Me dijeron que tenía que cambiar la forma de vincularme con el mundo. Y bueno, les creí. Con la idea de sufrir menos, lo intenté. Probé vincularme de una forma superficial. Resbaladiza. Con menos intensidad, para no comprometerme, ni preocuparme por lastimar a otros. Empecé a decirme a mí mismo: —“No es personal.”.
Pero, no, tampoco funcionó.
Descubrí que el problema no estaba afuera. Ni adentro.
Afuera no.
Porque la realidad es lo que es, las cosas son como son. Pasan (sin pedir permiso) cuando tienen que pasar. Y si bien noté que puedo influir, la mayoría de las cosas excede mi control. Me guste o no, cuando tiene que llover, lloverá.
Adentro tampoco. Porque la sensación de sentirse defectuoso o insuficiente, es muy humana (parte de nuestra vulnerabilidad). Es cierto, se potencia o reduce, según el vínculo que tengas con vos mismo y el cuidado que recibas de los demás.
Conocerte y encontrar a tu gente lo evidencia. Y marca la diferencia.
No te voy a mentir, no fue fácil descubrir que siento demasiado. Que mi sensibilidad está por encima de la media. Y que necesito mecanismos de expresión (como la escritura, la lectura o el deporte). Tampoco me fue fácil reconocer que detrás de ese supuesto “empacarse”, hay una profunda necesidad personal de autorregulación. Esencial, para los momentos que sufro o siento demasiado.
Además, con el tiempo (y la profundización), noté que los grupos grandes no me gustan. Ni hablar de las multitudes –me sobreestimulan y drenan energía–. También aprendí que en las reuniones sociales (o familiares) de larga duración. Necesito mi espacio, paradas obligadas (íntimas), para volver a mí y autorregularme.
Porque siento demasiado, aprendí que me encantan los espacios (como el aula), donde el pensamiento fluye. También los encuentros íntimos, reflexivos y profundos. Conmigo y con otros (en pareja, con clientes, familiares o amigos; incluso, con desconocidos).
Bueno, entonces, seguí adelante.
No me pareció suficiente. Fui más allá. Estudié. Investigué. Encontré que todos (incluso los más grandes) tenemos que aprender de nosotros mismos. Luces y sombras.
Thoreau el pensador y filósofo (autor de Walden), para encontrarse se fué al bosque durante más de dos años. Se sumergió en la naturaleza y conectó con su interior.
Yo siento, como puedo. Rasco la superficie y conecto con mi interior.
Descubrí que no soy defectuoso ni insuficiente. Sólo soy una persona que siente. Amo (quizá demasiado) la profundidad, la reflexión y los espacios íntimos donde fluye la conversación.
Imagino que vos (como Thoreau o como yo), también tendrás tus cosas. Tus luces y tus sombras.
Yo. Por sentir demasiado. Necesito autorregularme. ¡Qué loco! Como dijeron mis papás. Por allá cuando tenía 7 años. —Me empaco. Para tener mi espacio.
Bueno. No lo sé. No estoy seguro. Quizá. La vida se trata de un ciclo que se repite, donde las cosas (adentro y afuera) son.
Y como dice la frase: “No hay nada nuevo bajo el sol.”. —¿O sí? No lo sé, ¿y vos?
Fin.
Reflexiones, todas las semanas desde el 20 de marzo de 2024.
