Conocí un lugar especial.
Una parada obligada, necesaria.
Un lugar que tenés que visitar cada cierto tiempo.
Te cuento, pero antes que me olvide, algo importante.
El tema es así:
Vas a vivir unas cuatro mil semanas.
Sí, como leíste.
Y si bien no tenés nada asegurado, y la esperanza de vida va cambiando. En general vas a vivir eso.
Cuatro mil semanas.
Es importante porque muchas semanas, las usás para experimentar, descubrir.
Te vinculás con personas, hacés amigos, formás pareja.
Probás cosas nuevas y otras que parecen nuevas pero no lo son.
También sufrís, perdés cosas y personas (familiares, parejas y amigos).
Vivís, descubrís, probás, sentís, soñás, perdés y ganás.
El tiempo pasa, tus semanas se van para no volver.
Bueno, ya sabés, la vida misma.
Habiendo recorrido unas dos mil semanas, viví lo suficiente como para darme cuenta que hay un destino único.
Uno solo, no diez, ni veinte, ni cien: uno.
El único lugar que no podés ignorar para que tu vida crezca, es el tuyo.
Me explico, hay respuestas que aparecen sólo en la intimidad, estando en silencio con vos mismo.
Sí, justo después de la incomodidad, después del ruido.
Te voy a contar algo: una anécdota.
Hace unas semanas tenía que ir a buscar a mi hijo.
Un día horrible, llovía como si fuera la última vez: tormenta, viento y truenos.
Ya te dije, horrible.
El viaje de ida por autopista estuvo bien. Escuché música, pensé. Tranquilo.
A la vuelta. Diferente.
Tormenta torrencial. Cada vez más violenta.
El limpia parabrisas al máximo. La visibilidad nula.
Me agarró miedo.
Miré por el espejo retrovisor.
Mi hijo mirando cómo las gotas pegaban en los vidrios.
Yo empecé a preocuparme. No sabía si parar. Seguir. Si bajar la velocidad o no.
Llovía fuerte. Y no solo lluvia. También había viento. Furioso.
La visibilidad, como te dije, muy mala. Metros.
Alrededor, por suerte, pocos autos. Luces moviéndose a 40 km/h (o menos).
Respiré.
Intenté mantener la calma. Pero tenía miedo. Pensaba en la seguridad de mi hijo. Y la mía.
Pensé por qué me apuré, por qué no esperé hasta que la lluvia pare. Me preguntaba para qué tomé la decisión de poner en riesgo nuestra seguridad.
El corazón me latía fuerte.
Se me vino la posibilidad de sufrir un accidente. Me asusté.
Escuché un ruido. Era la lluvia que pegaba en el parabrisas con bronca.
Volví a pensar en parar. Pero la banquina también era peligrosa con tan poca visibilidad.
Mi respiración se aceleraba. Se hacía corta, agitada. Más.
Ansiedad. Miedo. Silencio. Ruido. Todo junto. Y en aumento.
De vuelta. Respiré.
Volví a mirar a mi hijo. Él como antes. Mirando los vidrios.
Yo. Ansioso. Lleno de miedo.
Bueno.
Llegamos a la bajada de la autopista. Nuestra salida.
Por fin abandonamos el peligro de la autopista.
La intensidad de la lluvia no cambió. Era la misma.
Yo sí cambié. Inmediatamente sentí alivio. Calma.
A ver.
El riesgo existió. La tormenta fue real.
Pero la urgencia. La sensación de peligro inmediato. Los pensamientos negativos y catastróficos. Fueron míos. Mi imaginación jugándome una mala pasada.
En fin.
Así como la fuerza de la naturaleza es furiosa y a veces da miedo. Es pasajera.
Iniciar el viaje al centro de uno mismo. También da miedo.
Pero, si te permitís seguir. Sentir. Y seguir.
Después del ruido.
Llega la calma.
Es como volver a casa después de una gran tormenta.
¿Vas a hacer el viaje?
Pensalo.
Fin.
Reflexiones, todas las semanas desde el 20 de marzo de 2024.
