El peso de una decisión que no tomás es más alto que equivocarte.
Tus decisiones son importantes, tomás decisiones desde cuando te levantás (¿te vas a quedar 10 minutitos más? ¿Te lavás los dientes o te hacés un café?) hasta que te acostás (¿dejás el celular en el living o lo llevás a la cama? ¿Lees, abrís una red social, maratoneás en Netflix o descansás?).
Todo el tiempo tomás decisiones, pero no todas las decisiones son iguales. Decidir entre algo bueno y algo malo es fácil.
Salvo que estés atravesando un mal momento, vas a priorizar lo que te haga bien. Y tomás la mejor decisión que podés, con las herramientas que tenés, en el contexto en el que estás.
Es raro que elijas lo que te hace daño, salvo que no hayas tomado conciencia, encuentres algún tipo de goce o tengas cuentas pendientes con vos u otros. Me acuerdo cuando fumaba, aplicaban todas.
Pero bueno, entre bueno y malo, vas a elegir el camino que te acerca a lo que es mejor para vos y los tuyos.
Pero hay otro tipo de decisiones, las que los caminos posibles se parecen, sea porque son igual de malos, igual de buenos o porque son igual de inciertos. Y acá se complica.
No sé si te pasa, pero con hambre y sin definirlo previamente, decidir qué comer en una app puede ser un proceso desgastante. La cantidad de opciones (hamburguesa, pizza, sushi, empanadas, milanesas, sandwiches… ¿saludable?), me agota.
En la semana estuve pensando en las decisiones que no tomé, no “en lo que podía haber pasado” si decidía diferente, eso es contrafáctico (merece una reflexión entera) sino en esas decisiones que quedan en modo “espera”.
El paso que no das, el proyecto que no empezás, el viaje que no hacés, la charla que postergás, las palabras que no decís o el abrazo que no das.
Con el ejemplo de pedirte un delivery es fácil verlo:
Día agotador, llegás a casa, la heladera está vacía, abrís una app empezás a mirar, te perdés en el mar de opciones y seguís buscando la mejor opción, porque es el premio a un día largo y cansador. Te lo merecés. No te diste cuenta pero entre conversaciones de WhatsApp y la app, pasaron 40 minutos y seguís sin hacer el pedido de comida. No solo que la “ventana de no decisión” acumuló más opciones, sino que además las tripas te avisan que tenés que comer. Como no resolvés el mal humor aumenta, y empezás a pensar en lo que va a tardar el delivery. Por eso, reducís las opciones a los locales que están cerca, pero empezás a conversar en tu cabeza y decís: “hoy merecía algo mejor”. La frutilla del postre, el pedido llega tarde, tu malestar tiene efecto en cadena y te afecta también el día siguiente.
Ahora pensá todo esto y relacionalo con una decisión importante que no estás tomando.
—¿Tiene un impacto sobre tu energía, tu humor y tu estado de ánimo?
Es agotador el pensamiento espiralado y repetitivo de una indecisión (sea en primer o segundo plano de pensamiento o en algún plano escondido que de vez en cuando aparece con un detonante). Simple, la decisión que no tomás: pesa.
No creo que sea ejemplo de nada, pero escribir me da el poder de observarme, me ayuda a ver el impacto que tienen sobre mí las decisiones que no tomo, los temas incómodos que no resuelvo (pudiendo), las cosas que pospongo o las palabras que tengo que decir y no digo.
Quizá haya veces que sea mejor esperar, trabajo en eso, pero sí sé que “decidiendo” el vínculo (y lealtad) conmigo mismo está más fuerte que nunca.
¿Y vos? ¿Hay algo que no estés decidiendo?
Fin.
Mariano.
Reflexiones, cada semana desde el 20 de marzo de 2024.
¿Te gustó? Decimelo. Hasta la próxima reflexión. Gracias.
Mariano.Leé más de lo que escribo: Reflexiones: acá; y, Hambre y Ganas: acá.
