Ni vos ni yo ni la mayoría de nosotros podríamos desempeñar una posición así.
Es un lugar para pocos, donde los detalles son decisivos porque marcan la diferencia entre vivir y morir.
Te cuento: entre colegas nos quejamos del estrés y los desafíos vinculados a ocupar posiciones de liderazgo. Problemas de equipos, financieros, comerciales y de gestión en general. Pero… —¿Te imaginás cómo sería dirigir una unidad de terapia intensiva, donde todos los días atendés personas al filo de la muerte, tomás decisiones críticas y ponés la cara para dar noticias que nadie quiere escuchar?
Yo no podría ocupar una posición así. Te digo más: hace unos años ni siquiera podía pensar (o escuchar hablar) sobre lo que pasa en esas situaciones. Convengamos que es lo opuesto a lo que la mayoría de nosotros desea.
No sé si será que estoy más grande o que mis pérdidas me demandaron un mayor nivel de conciencia y curiosidad… Pero conozco a alguien que ocupa esa posición crítica (y bisagra) en la continuidad de la vida de muchas personas y familias. Atendió no cientos, sino miles de personas liderando un área de cuidados intensivos.
Decidí preguntarle lo siguiente: —Suponiendo que hay dos personas con un diagnóstico crítico y reciben la misma atención médica, ¿hay algo más que pueda ser decisivo entre vivir o morir?
—¿Sabés qué me respondió?
…
—Motivos para vivir.
Sí, en su experiencia, más allá de cuestiones lógicas (estilo de vida, antecedentes familiares y lo que lleva a una persona a esa situación), tener o no motivos para seguir adelante resulta fundamental en cómo cada persona responde a un tratamiento.
Y, si lo pensás, tiene lógica. No sé si te pasó, pero a mí sí.
Tuve un período de mi vida en el que parecía que mi mundo funcionaba solo por la inercia de lo que me rodeaba. Sentía que me arrastraban… y lo que hacía no me llevaba a ningún lado. —La realidad es que pocas veces sabemos lo que pasa en el interior de una persona. Y muchos de los que no encuentran motivos en el día a día, en una situación límite, abandonan. Y otros, que sí los tienen, encuentran las formas para salir adelante.
Tus motivos son diferentes de los míos. Quizá compartimos algunos valores, pero nuestros rasgos de personalidad e historias de vida son distintos.
Igual, más allá de las diferencias, en todos los casos, nuestros motivos son necesarios.
Sean vínculos personales (hijos, pareja, familia, amigos), proyectos profesionales o incluso espiritualidad y religión…
—Mi principal motivo para vivir es mi hijo. Pero tengo más.
Trabajé duro para encontrar sentido y desarrollar proyectos que me vinculen con él.
Y sabés qué, por más que algunas veces esté cansado e incluso dude… Después de descansar un poco, vuelvo a llenarme de energía, para darlo todo y seguir adelante.
Mirá, para muchos puede parecer absurdo levantarse a las 6:00 a.m. a escribir lo que estás leyendo, pero para mí no. Porque aportar una reflexión, que podría darle una mano a por lo menos una persona en una situación difícil, es parte de mi propósito.
Por eso: —¿Cuáles son tus motivos? ¿Qué es lo que te haría salir adelante en una situación crítica?
Fin.
Mariano.
