Casi todas las semanas escribo con la intención de sensibilizar para generar conciencia. No te digo que lo logre, ni que lo haga bien, porque sé que hay muchas personas que lo hacen mejor que yo. Lo que sí te digo es que esa es mi intención y las intenciones son importantes.
Cuando parto de posiciones polarizadas lo hago porque quiero visibilizar los problemas que percibo. Esos que llegan un poco por intuición, otro poco por la experiencia, formación y aprendizaje personal, pero en su gran mayoría por escuchar la experiencia, formación y el aprendizaje de las personas que me rodean. Estoy agradecido de poder sentarme en “la mesa de los grandes”.
A veces es posible que mi ego me lleve a creer que tengo más responsabilidad de la que realmente tengo. Pero hace tiempo dejé de pelear contra eso. Por alguna razón una fuerza interna muy profunda me impulsa y no la combato, al contrario, la aprovecho.
Además, creo que en la sociedad la responsabilidad llega por el simple hecho de tener 40 años, haber tenido la posibilidad que otros no tienen de educarme (grado, maestría y doctorado) y ser emprendedor y formador (con casi dos décadas de trayectoria). No es una opción sensibilizar y generar conciencia, es una responsabilidad.
Pero ojo, al exponer de forma continua también me persigue el síndrome del impostor. Siento que no lo hago bien o que lo que hago es insuficiente. Por varios motivos: primero, porque estoy rodeado de personas que lo hacen mejor que yo. Segundo, porque no creo que esté tan educado para hacerlo tan bien como ellos. Tercero, porque llevo poco tiempo haciendo lo que siempre sentí que tenía que hacer: escribir (mis intentos fallidos anteriores fueron cartas de amor a los 7 años o canciones de rap en la adolescencia).
Mirá, las pocas (o muchas) cosas que conseguí llegaron por insistencia y perseverancia. Tampoco peleo contra eso porque quizá sea mi mayor talento. Escribir casi compulsivamente es una búsqueda para entender lo que no entiendo y compartirlo. Y mis proyectos responden a la intención eterna e inacabada de crear un mejor lugar para los que están y los que vienen.
Por eso no bajo los brazos, lo sigo intentando.
Si bien mi convicción sobre un mundo mejor se mantiene, hoy, percibo un mundo más negativo que positivo. Me explico:
Primero, me preocupa la superficialidad. Observo comportamientos desconectados donde la regla es vivir en un autoengaño donde la felicidad tiene que existir las 24 horas del día. La superficialidad es el origen del brutal nivel de intolerancia a la adversidad.
Segundo, la falta de criterio para definir jerarquías de importancia. —Ya sé que lo importante es subjetivo, pero un ser humano no puede supeditarse a objetos o mascotas. Lo siento. Llegamos al punto en el que las personas prefieren perder vínculos antes de cambiar el orden de prioridades y hacerse responsables de los errores, los sesgos y las limitaciones.
Tercero, y asumiendo que las dos anteriores se enfrentan con educación, el nivel de rechazo al desgaste cognitivo está por las nubes. Dicho más simple: las personas no quieren pensar. Quieren recetas servidas y en pequeñas dosis. Y si lo que me decís no se ajusta a mi microuniverso, te ignoro o te hago “hate”.
Cuarto, el sufrimiento aumenta, y es evidente en la intimidad. Pero con todas las señales en contra, lejos de cambiar, los hábitos y las recetas se profundizan. Como pasa con cualquier adicción: no te hace bien, sentís culpa, te autoengañás y lo seguís haciendo.
Quinto, humanos funcionales que necesitan ser optimizados. Basta con ver los carteles publicitarios en la autopista. En el primer cartel, una leche que anuncia: “conseguí un 54% más de proteínas”. En el segundo, un banco: “vive tus millas, vive más”. El tercero, una camioneta: “la cima es solo el comienzo”. El cuarto, crema facial: “un 84% menos de manchas en dos semanas”. El quinto, otro banco: “date un baño de inversión”. Sexto, prepaga: “es el momento de la verdad”. Séptimo, café: “disfrutá puro aroma y sabor”.
Y podría seguir, pero no. Solo te lo cuento porque estas son algunas de las cosas que me preocupan. Por eso y porque, como te conté, tengo la visión de que: un futuro mejor es posible, intento lo que intento.
Mi aporte es crear espacios para sumar conciencia. Aprendí que no es lo mismo conversar sobre los temas que no hacerlo. Las personas tenemos más presentes las cosas que están en nuestra agenda.
Hoy personas muy capaces están trabajando con información predictiva vislumbrando escenarios futuros. Es triste, pero las probabilidades no están a nuestro favor.
Sin embargo, estoy convencido de que existe un factor X que puede salvarnos y no creo que sea la tecnología, sino el factor humano. Quizá sea un soñador, pero de verdad confío en la contribución que cada uno de nosotros puede hacer.
Por eso, te pregunto: ¿qué visión te gustaría plasmar en el mundo aprovechando tus talentos?
Fin.
Mariano.
