Por pasión y trabajo todas las semanas hablo con personas interesantes.
Esta semana me pasó por lo menos tres veces. Me encontré, con las personas con las que conversaba, intentando explicar algo que sabemos que está ahí, pero que no podemos terminar de poner en palabras.
Los más racionales buscan tecnicismos (conexiones neuronales, sesgos y rasgos). Los emocionales hablan de sentimientos (amor, cariño y afecto). Los espirituales de la voluntad de un Dios. Otros mezclan ciencia y calle.
Cada uno a su manera, pero todos se quedan cortos.
Una de mis pasiones es intentar poner en palabras simples conceptos complejos.
Leo mucho al respecto. Aprecio mucho las buenas intenciones, pero no me caso con ninguno de los grandes pensadores. Creo que todos tienen un punto (o muchos), pero yo me identifico más con un perro callejero al que le cuesta encontrar su hogar. En fin, las definiciones me acercan, pero no me convencen.
Yo no sé bien qué es lo que pasa con ciertas personas y conexiones, pero sí sé que algo pasa. —Y también sé cuándo no.
Me explico: —¿Te pasó encontrarte en una situación en la que decís: “¡No tiene alma!”? —A mí me pasa continuamente.
Esta semana, me pasó a los 10 minutos en la despedida de Messi. No por él, la verdad que como deportista lo admiro profundamente. Pero todo el show business alrededor me pareció absurdo. Y berreta. Poco digno para despedir a un ícono del deporte.
Pensé que era por mi experiencia en marketing, pero después conversé con personas que no son del palo y me dijeron cosas similares. No tuvo alma. O si la tuvo, la manosearon, pisotearon y orinaron encima.
Al contrario, hay experiencias donde lo que sobra es alma. Y lo que tiene alma, tiene belleza. Pero no la belleza superficial, sintética y ostentosa que hay en Instagram. Es de otro tipo. Más compleja, con capas. Mezcla emociones y sensaciones. Atrae y rechaza.
Si pienso en algo concreto, lo veo en escritos, cuadros o canciones. Donde lo que tiene alma no pide permiso. Ni está creado para gustar. Es como si su creador persiguiera obsesivamente una pasión o un deseo íntimo y profundo.
En línea con esto alguien me dijo: —Cuando toco el piano me convierto en un medio entre el artista que interpreto y el público. Soy un vehículo. —Me pareció una idea muy interesante. Porque sumergidos en una experiencia con alma, hay alma, pero también vehículos y observadores que potencian la belleza.
En fin. No lo tengo claro, pero no tenerlo claro es parte de la belleza.
Entre nosotros, ya superé la etapa de la hiperracionalidad. ¡Ojo! No digo que esté bien ni mal, no te voy a decir cómo vivir tu vida. Pero, ya sabés cómo soy, tengo mis opiniones.
Para mí la racionalidad excesiva es como los extremos de la campana de Gauss: abarcan mucho, pero no llegan a abarcarlo todo. Y es más, en esa búsqueda racional obsesiva, lejos de encontrar explicaciones, encontrás simplificaciones e impotencias que arruinan las obras.
O las manosean y pisotean, hasta arrancarles el alma (pobre Messi).
No creo que todo deba ser explicado, racionalizado, fraccionado y comercializado.
Algunas cosas tienen que quedar para el disfrute de pequeños públicos. Como pasa con este escrito y con las conversaciones que tengo en la semana.
PD: ¿tenés alma o no?
Fin.
Mariano.
