¿Te pasó sentirte igual a otros?
Y…, ¿diferente?
Bueno. A mí sí, las dos, pero más diferente que igual.
Esta semana voy a contarte una historia, también diferente.
Llegué a ella por mi trabajo, mi vida. —Mi vida y trabajo, para mí son lo mismo. Casi 20 años como emprendedor, nunca me gustó la idea seccionarme –profesional y personal–. No separo, soy uno.
En fin. Llegué a la historia, inspirado por otra historia, una que leí decenas de veces. Pero qué por alguna razón la pasé por alto, hasta hoy, que me inspiró a escribir.
Ya te cuento, pero antes de empezar, una reflexión más: el mundo está cambiando muy rápido. Y como medimos el éxito, también.
Salvo por los extremos, pobreza y riqueza extrema, en el medio hay mucha gente. Personas con su agenda, más o menos conscientes. Maslow, puro y duro.
Las personas mezcladas parecen iguales, ¿pero lo son?
Bueno. El tema es así.
Hay dos personas parecidas. Criadas en barrios parecidos, de hecho, fueron a la misma escuela.
Compañeros en la primaria. En el secundario se separaron. Pero coincidieron en la universidad. No estudiaron las mismas carreras, pero sí, parecidas.
Los dos tuvieron una vida ordenada. Con desafíos, pero sin grandes sobresaltos.
Algún que otro error en el camino. Ninguno catastrófico. Por suerte, o cuidado. No sé.
Los dos estudiaron posgrados. En negocios.
Los dos se enamoraron. Los dos, formaron familia. Tienen hijos. Uno tiene un hijo de siete y el otro, una hija. De ocho.
Todo parecido.
Hasta se van de vacaciones a los mismos lugares. Y los fines de semana miran el mismo evento deportivo. Sí. Son hinchas del mismo equipo.
Parecidos. Muy parecidos.
A ellos, “los de afuera”, los ven iguales.
Pero no lo son. Hay una diferencia. Grande.
Uno es quién es. Y el otro, finge ser quién es.
Uno pasa gran parte de su vida sosteniendo una fachada. Llenando su boca de palabras que no son suyas. Lo hace, porque cree que eso es lo que los demás quieren que diga.
Su vida es la consecuencia de una construcción que lleva décadas. Capas y capas alrededor de un personaje. Armado para complacer. Para gustar. Un personaje que ignora sus rasgos, su personalidad. Ignora quién es él en realidad.
Él vive. De afuera hacia adentro.
El otro dice lo que piensa. Con respeto, pero lo dice. No se calla. Perdió el miedo a no estar de acuerdo. Porque sabe que no requiere estarlo para establecer consensos y seguir adelante.
Acepta que no todos queremos lo mismo. Que podemos pensar distinto y aún así, respetarnos. Acepta que uno no elige a todo el mundo para pasar el tiempo. Que no todas las opiniones son importantes. Acepta. Elige.
Él, prioriza unas cosas por sobre otras. Hace tiempo que pasó del debo, al quiero. Lógico, con excepciones. La vida misma.
Pero, para él, no todo es igual de importante. No todo requiere ser negociado. Menos si se trata de valores. Él no negocia sus valores. Los lleva puestos, adonde va.
Él vive. De adentro hacia afuera.
No se trata de grandes monstruos. Se trata de pequeñas cosas que se acumulan durante años. Y en suma, te alejan de tu esencia.
Es así. De afuera dos personas pueden ser percibidas iguales. En apariencia, son y tienen lo mismo.
Parecen iguales, no lo son. Dos personas, extremadamente diferentes. Una está bien y la otra, vive un infierno cada día.
—Te invito a pensarlo.
Fin.
ATENCIÓN:
Reflexiones, todas las semanas desde el 20 de marzo de 2024.
