El mes de noviembre ha sido particularmente intenso, tanto en lo personal como en lo profesional. Característico de los cierres de año, pero no por eso menos movilizador. Ésta semana voy escribir sobre dos temas –o ideas– en las que vengo pensando y se encuentran en extremos opuestos. Las ideas son la simpleza y la complejidad.
–¿Vamos? –Empecemos.
Según la etimología de la palabra simple viene del latín simplex, se compone de «sem» que significa «uno», y «plex», que se relaciona con «pliegue» o «complejidad». Implica una «un pliegue, falta de pliegues o de complejidad». Asimismo, la palabra «complejidad» viene también del latín complectere, tiene dos partes «com» indica «unión» o «conjunto» y «plectere» se relaciona con el acto de «entrelazar». Es decir, que complejidad significa básicamente, «trenzar o entrelazar sin perder el sentido de la unidad».
La complejidad llega a mí a través de la academia, los seminarios del doctorado, conversaciones con alumnos, ex alumnos y amigos. Ésta última semana también incluso, a través de la entrevista que realizamos en Snac Podcast a Javier G. Recuenco –académico y empresario español especialista en resolución de problemas complejos–. En la otra vereda –opuesta, al menos en apariencia–, el coqueteo con la simpleza a través de las experiencias vitales, las lecturas curiosas y conversaciones con diversos y variados grupos de personas.
–Es muy interesante ver como en el mundo conviven personas con ideas tan diversas. Cómo un mismo hecho puede pensarse e interpretarse de maneras tan diferentes. Algunas tan sencillas y otras tan complejas. –Cuando te sumergís en la reflexión es casi inevitable pensar y hacerse preguntas. Reflexiono. Pienso. Me pregunto –¿Qué es mejor? ¿Interpretar y pensar la vida con simpleza o hacerlo con complejidad?
En la actualidad todos los colectivos parecieran tener voz. Si se curiosea lo suficiente, se pueden encontrar respuestas que se adapten a la medida de todos los gustos. –El posmodernismo, la cultura woke y el «viví la vida», actúan impulsados por la bandera de la simplicidad. Simplicidad plasmada en los vínculos relacionales, en las experiencias vitales y también en los propósitos y objetivos de vida. En cierta forma se propone una vida más fluida, más líquida –saludos a Bauman–. Al escuchar las voces de sus defensores, algunas ideas tienen sentido. Sobre todo en materia de activismo contra las injusticias sociales o, ante ciertas formas de enfrentar adversidades y golpazos que te da la vida –¡Es una sola! –Indican –¿Qué decir? Ciertas recetas en lo que respecta a diversión, alegría y dopamina, son efectivas. Al menos por un tiempo.
Al otro lado, las personas profundamente curiosas, amantes de la complejidad. Personas comprometidas con grandes ideales o propósitos. En muchos casos, dispuestas a sacrificar su propio bienestar y el de sus familias, en favor del bienestar de un conjunto más grande. Convencidos que vale la pena luchar por profundos y grandes cambios, de esos que requieren tiempo, dedicación y sacrificio. Asimismo, son personas que lo simple, lo vuelven complejo. En ocasiones, lo que debiera hacerse siguiendo un simple acto de estímulo respuesta –cuasi instintivo–, se torna un análisis riguroso y exhaustivo que aniquila cualquier tipo de frescura. Respuestas que tienen que ser rápidas e implacables quedan dilatadas en el tiempo y cuando suceden, ya es tarde.
–Vuelvo a preguntarme, ¿entonces? –¿Simple o complejo?
Me cuesta ser conclusivo, incluso en mí reflexión. Pareciera que de todo y todos podemos aprender al menos un poco. Me gusta pensarlo, a veces es nuestro propio compromiso cognitivo lo que evita ir un poco más allá y ser más audaces, ¿no? –¡Lo sé! No todo requiere respuestas superficiales e instintivas. No todas las decisiones son simples como elegir «qué ceno» o «a dónde voy el fin de semana». Sin embargo, a veces –no sé si a vos te pasa, pero a mí sí–, he dedicado más tiempo del necesario a tomar decisiones irrelevantes. Decisiones, que merecen la pena ser tomadas con el simple giro de una moneda en el aire. –Insólito pero está estudiado, la paradoja de Fredkin, desarrollada por el científico, físico e informático Edward Fredkin. Habla sobre la dificultad que enfrentamos al tomar decisiones que son muy similares entre sí.
No todas las decisiones son tan importantes ni merecen de complejos modelos de análisis, sobre todo cuando se trata de resultados posibles similares y el proceso de evaluación nos quita energía para abordar otros asuntos más importantes. –Hay veces que decidir como hacen los defensores de la simpleza pareciera ser una virtud en lugar de un defecto.
Testigo de la vida de muchos de los que me rodean observo que irremediablemente ciertos aspectos requieren de tiempo, dedicación, perseverancia y compromiso.
También observo con atención a audaces e impulsivos, actuando cuasi instintivamente, logrando grandes resultados. Marcando la diferencia en un chasquear de dedos poniendo a prueba y estresando complejos modelos teóricos qué luego mediante adendas y correcciones buscan explicar –al menos una parte– de la compleja realidad que llevó al defensor de la simpleza a lograr resultados notables e inesperados.
–Sigo pensando, no puedo ser concluyente ¿Voy hacia dónde siempre? ¿Oscilando entre lo uno y lo otro? ¿Quizá el justo medio es la respuesta que mejor cuadra? –Reflexiono. –A veces aún teniendo todas las probabilidades en contra podemos preguntarnos –¿Qué pasa sí todo sale bien? –Al fin y al cabo, esa decisión podría marcar la diferencia, ¿no? –Un segundo. Una decisión. Un impulso. Puede transformar para siempre la vida de los defensores de la complejidad, como la de los defensores de la simpleza. –Te pregunto. –¿Vos? ¿Cómo respondés los desafíos de la vida? ¿Simpleza o Complejidad?
–¿Mí propuesta? –En lugar de «Simple O Complejo» –«SImple Y Complejo» ¡A veces la moneda, tiene que girar!
Fin.
Reflexiones, todas las semanas desde el 20 de marzo de 2024.
