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Un mundo de opciones. | #3

Luego de un finde extra largo, comienza una nueva semana de actividad en Argentina. Recién –hace un par de días– empezó el mes de abril y hace un ratito –un puñado de horas– empezamos un nuevo día: miércoles.

El día está ideal, luego de revisar mis dos publicaciones previas –Sobre Humanización y Más Sapiens cada día–, me predispongo para escribir mi tercera publicación de la Newsletter.

Si bien lo estuve pensando, no me decido por un día fijo –por uno en particular para publicar–, para realizar las «Reflexiones». Me gustan los miércoles –como hoy, mitad de semana– y los viernes –día de cierre de la semana laboral–. Pero, por otro lado, creo que lo voy a dejar sujeto a mi estado de ánimo, si bien soy un tipo relativamente «ordenado» –dependiendo con qué se me compare, lógico–. Esto de ser humano hace que, a veces, tenga más ganas y, otras veces, menos– de hacer algunas cosas y no otras. En fin, ésta semana tocó miércoles, iremos viendo ¿no?

Arranquemos ésta reflexión…

Cuando me siento a escribir es habitual que varias ideas habiten simultáneamente mi mente queriendo lograr «el papel protagónico» de mis reflexiones. Esta semana me decidí por una idea en particular, es el concepto de «opcionalidad», que consiste –básicamente– en brindarnos opciones en lugar de limitarlas. ¡Gran tema! Mucho tenemos para reflexionar al respecto.

Las opciones son una fuente de poder, «elegir» es una fuente de poder. Cuando nos encontramos inmersos en situaciones donde no tenemos opción –o percibimos no tenerla– la incomodidad es abrumadora. Nos sentimos maniatados y vulnerables –el estrés aumenta y los sentidos se tensan–. Estoy seguro –supongo– que todos y cada uno de ustedes –al igual que yo– hemos vivido al menos una experiencia en nuestra vida con éstas sensaciones –con una me quedo corto, ¿no?–, situaciones donde nuestra percepción nos hizo sentir que no teníamos opción alguna y sólo queda a disposición ese tipo de respuesta instintiva –reaccionaria– la que surge bajo amenaza.

Se precipita a mi imaginario algún que otro recuerdo de la adolescencia. Donde, carente de herramientas, la propia influencia del grupo me impulsó a comportamientos que iban más allá de mí propia voluntad o elección. Con el tiempo, la experiencia –horas de sumersión, recorrido y vuelo–, desarrollamos esa capacidad perceptiva más evolucionada –compleja– para ver opciones, y si no las hay, ¡crearlas! –pero aún, igual seguimos errando–.

Asimismo, la «opcionalidad» debe ser utilizada a conciencia, porque como todas las herramientas –y conceptos– manejados de forma negligente o superficial, podrían no ser útiles –para nada– o peor aún, podrían ser perjudiciales, y ¡mucho!

Actualmente, las opciones se han vuelto moneda corriente, tenemos de todo al alcance de la mano –en ese aparatito, sí ¡ese!– y a unos pasos… Variedad de comidas, bebidas, entretenimientos –plataformas de streaming, teatros, cines, restaurantes, bares, boliches, cafés «grandes, medianos y chiquitos» […]– espacios cerrados, al aire libre, ¡de todo! Incluso la «opcionalidad» nos permite elegir con el pulgar una potencial pareja –¡o varias en simultáneo!–. Podés postularte a cientos de trabajos, conversar con amigos, familia, pareja y con todos ¡al mismo tiempo!… ¡De todo! o ¿no?

Pero, ¡cuidado! las opciones también tienen su lado oscuro, la opcionalidad –desmesurada– se ha vuelto una fuente vital de energía para el «no-compromiso» y «no-desarrollo».

–Me invaden algunas preguntas–

¿Por qué voy a someterme a una situación incómoda si puedo elegir no tenerla? ¿Para qué voy a vivir una situación conflictiva si puedo no hacerlo? –¿Por qué y para qué? «he ahí la cuestión» ¿no?–

Bueno –pienso–, en la práctica, dejándome llevar por la trampa del análisis superficial, qué es actualmente casi generalizado: es un contrasentido someterme a cualquier situación que me cause dolor, incomodidad o me haga sentir vulnerable de alguna manera, ¿no? Bueno –sí, sigo pensando–, este razonamiento es válido y positivo «sólo» en apariencia, algo así como un «pseudo-positivismo».

Recuerdan que hace no mucho tiempo transitamos una pandemia –para muchos de nosotros una situación inesperada–. Pasamos de la vida habitual y cotidiana, a una película de ciencia ficción que motivo distanciamiento social, aislamiento, enfermedad y muerte. Luego, unos cuántos meses más tarde –finalizada la cuarentena– con la «vuelta a la normalidad», volvió el contacto estrecho y paulatinamente fuimos retomando las actividades de la vida pre-pandémica –ya casi olvidamos lo vivido ¡tremendo!–. No estoy seguro si les pasó a todos, pero sí a mí organismo –y por lo que pude conversar, también al de alguno de mis amigos y conocidos–.

Mi cuerpo estaba debilitado, tuve algunos resfriados y síntomas producto de haber estado «guardado», «fuera de exposición»… Nuestra mente funciona muy similar: de la misma manera que nuestro organismo pierde capacidad adaptativa por «falta de exposición», nuestro cerebro y capacidad cognitiva queda diezmada sí sólo «evadimos» el dolor. Evitar la incomodidad –no sólo que es una mala opción– es un acto de cobardía y estupidez, escapar de un lugar a otro, de un trabajo a otro, de una relación a otra –¿de una familia a otra?–, incluso el escapar de nosotros mismos –con contenidos, experiencias y estímulos cada vez más intensos ¡ruido!–.

La evitación es una estrategia válida –útil– sólo sí es usada selectivamente, pero, cuando es implementada de manera constante, elegida como la herramienta por excelencia, es como poner una carta y, arriba, otra, una más y otra… Armar un castillo de naipes cada vez más alto… ¡Cuidado! Es la naturaleza del juego, los castillos de naipes pueden ser –y son– entretenidos, pero en algún momento, con una simple brisa o un mal movimiento, ¡se caen! Para los que les gustan las referencias más dinámicas, piensen en un malabarista con palos y platillos: le dan un plato más y después otro… uno más, en fin… ¡Al piso!

Te invito a pensar y reflexionar –en profundidad– sobre qué tipo de opciones vas a incluir en tu vida, no siempre es necesario «innovar» o probar cosas nuevas –aunque estén a disposición–, también hay que comprometerse y profundizar.

Mientras escribo –sentado en un café– hago silencio y reflexiono –se acerca el camarero–

–¿Querés probar el nuevo «Orange Coffee Tonic»? –Me pregunta–

–No, con un expreso estoy bien ¡Gracias! –Respondo y sonrío–

Fin.


Reflexiones, todas las semanas desde el 20 de marzo de 2024.

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