Luego de revisar las repercusiones que tuvieron las publicaciones previas –Sobre Humanización, Más Sapiens cada día y Un mundo de opciones–. Me preparo para escribir la cuarta entrega de la Newsletter «Reflexiones».
Antes de iniciar, confieso que estoy motivado con el proyecto y, además, gratamente sorprendido por el resultados: hoy son cerca de 2700 suscriptores y varias personas que me escriben para compartirme ideas, comentarios y sugerencias. Por favor sigan haciéndolo, el feedback me expande ¡Gracias!
Vayamos a lo nuestro… –Modo escribir, activado. Comencemos–
«Hic Sunt Dracones»
Así comienza éste escrito, la traducción de esta frase es «aquí hay dragones». Era utilizada entre los siglos XV y XVI, para indicar en los mapas de tierras inexploradas o desconocidas qué había peligro –sí, ¡peligro!– no dragones. En cierta forma, así funcionamos los humanos, lo desconocido nos genera incertidumbre, la incertidumbre, miedo y el miedo nos inspira a contar historias, creamos mitos y relatos, y, si no tenemos elementos para narrar, los inventamos.
–Mi mente se llena de ideas, rebalsa–
Con sólo pensar que hace cinco siglos, pudimos señalar ante lo desconocido –más bien, tierras desconocidas por cartógrafos y exploradores– que había dragones y que esa transmisión de conocimiento quizá permite que aún hoy, existan personas que creen en los dragones o incluso, que los buscan, me parece completamente «apasionante». Se vienen a mi imaginario varias teorías y conceptos. Me pregunto ¿cuántas historias similares nos estaremos contando en la actualidad? ¡Para! –no necesito irme tan lejos […]– ¡Fué ayer! para unos incluso hoy, se cuentan historias de fantasmas, vida extraterrestre, dominación y esclavitud. Historias sobre razas superiores, diferencias de género, superioridad moral e ideológica –política o religiosa–… «Hic Sunt Dracones».
Lo cierto, es que hay situaciones cuya magnitud sólo se puede apreciar a la distancia, cuando ya sucedieron. Luego de la tormenta cuando las aguas se calman. Pareciera qué a veces somos incapaces de discernir la distancia entre el bien y el mal –no siempre está clara–. Cuántas atrocidades y aberraciones estaremos cometiendo hoy mismo –sí, ¡hoy!– sin darnos cuenta –no pienso en las obvias como la guerra, violencia, falta de empatía […]– pienso que, muy probablemente, cada día todos –absolutamente todos– cometemos «delitos del futuro» –algunos, sin saberlo y otros a conciencia–, sí no fuera así, al menos es interesante reflexionar al respecto, ¿no?
Mi pensamiento –ahora– se inclina hacia los estadíos de la mente humana, podemos convenir que nuestra especie «humana» –homo sapiens– tenemos cuerpos parecidos, sino iguales desde hace 200 mil años. No cambiamos casi nada pero los contextos sí son marcadamente diferentes y, también, las ideas, es decir el avance –la evolución– sucede con la racionalidad –técnica y práctica y crítica– ¡Eso sí! Además, tiene que existir un contexto propicio que permita el crecimiento de las ideas.
Hace no mucho tiempo –semanas, quizá meses, no lo recuerdo–, ví un documental llamado «Human» –¡lo recomiendo!–; en él, personas de más de 50 países del mundo dan testimonio de sus vivencias diarias: la verdad… ¡es demoledor! Parte de personas que no tienen acceso a productos y servicios, que en algunos países del mundo –como el nuestro– consideramos básicos –y olvidamos dimensionarlo–, hasta relatos desgarradores de personas –denominados por la humanidad para hacerlo más tolerable, «soldados»– narrando la experiencia de quitar una vida, describiendo el olor que tiene la sangre y el vacío qué se puede observar en una mirada perdida o mejor dicho, ¡quitada!
Pareciera –más que parece, es– que ignoramos que en este mundo, en el presente –y no, en otros planetas– convive la edad medieval de los dragones, con otra realidad –la diaria en los países desarrollados– dónde podemos darnos el lujo de acceder a cientos de servicios y experiencias y entretenimientos, con sólo trasladarnos un poco o mover los dedos sobre un smartphone –o, quizá, combinando ambos–. Tenemos un verdadero privilegio, pero no lo recordamos lo suficiente.
Hay días que siento que lo tengo más claro. Hay otros en los que me siento un completo ignorante, pero reflexiono mucho sobre el bien y el mal –aún sabiendo que no es dicotómico– es importante que lo haga. Esos días donde la claridad me invade, llego a lo que quizá sea una utópica idea, creo –realmente me convenzo– de que todas las personas tenemos la capacidad y podemos experimentar y sentir la diferencia que existe entre hacer el bien y hacer el mal. Hasta ese soldado que narraba su historia, experimentaba en sus palabras el entendimiento del mal, lograba observar y sentir, sin embargo, no tenía –o percibía no tener– opciones. Al fin y al cabo, quizá en parte, se trate de poder reflexionar más, ¿no?. Para ver opciones se requiere, sin lugar a dudas, de un contexto adecuado, pero también, sin lugar a dudas, de la propia voluntad.
–Pienso y concluyo–
El medioevo y el siglo XXI conviven en nuestro planeta en el año 2024. Si la evolución no ha sido lo suficientemente generalizada, será porque no hemos reflexionado y hecho lo suficiente –me pregunto– ¿Tengo que seguir reflexionando? –me respondo asertivamente– Sí, tengo que seguir reflexionando y ¡haciendo! –estoy sentado en la comodidad de una silla– tengo acceso casi ilimitado ¡insisto! –me pregunto– ¿Quién debería hacerlo? ¿Un soldado de Europa del Este o Medio Oriente? ¿Las personas que viven una realidad propia de la edad media?
–Tomo conciencia y me digo–
Mi voluntad sí está en mis manos –¿La tuya?–. Disfruto del privilegio de vivir en un contexto apropiado –¿Vos?–
No hacerlo, ¿será un delito del futuro? Te invito a pensarlo, «Hic Sunt Dracones».
Fin.
Reflexiones, todas las semanas desde el 20 de marzo de 2024.
