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Vulnerabilidad: Posibilidad de sufrir daño. | #9

Hace meses que investigo, con fines académicos –tesis doctoral–, el concepto: «humanización»; éste concepto me llevó a ideas muy interesantes y algunas resuenan en mí más que otras. Por extrañas circunstancias de la vida, que no puedo explicar –hay momentos que todo parece alinearse–; la semana pasada tuve una conversación con un colega y amigo que trajo a mí –como si fuera un regalo–, un concepto estrechamente relacionado al tema que investigo: «vulnerabilidad». Al escuchar sus palabras, me hizo sentido sumergirme en éste concepto. Sobre ésto voy a reflexionar ésta semana.

–¿Empezamos?–

–Al releer el primer párrafo, me surge una aclaración necesaria –Empiezo un poco técnico pero después mejora, lo prometo. –Leí varios papers académicos y quedé un poco seteado.

La etimología de la vulnerabilidad proviene del Latín vulnerabilis y significa, «vulnus»: herida, y «abilis»: posibilidad. Es decir, la vulnerabilidad se relaciona con:  «la posibilidad de recibir una herida». Además, el concepto puede abordarse desde dos perspectivas principales. Por un lado, la «vulnerabilidad antropológica» que referencia la vulnerabilidad biológica y psíquica. Por otro lado, la «vulnerabilidad socio-política» que deriva de la pertenencia de: grupo, género, cultura, ambiente, sistema socio-económico, país, región, entre otros. Me voy a sumergir, principalmente, en la vulnerabilidad antropológica.

En el reconocimiento de la vulnerabilidad biológica radica el entendimiento de la posibilidad de sufrir daño –somos más frágiles de lo que recordamos a diario–, y también, la finitud –nos guste o no vamos a morir, pero no sabemos cuando–. Asimismo, al reconocer la posibilidad de recibir o ejercer daño emocional –psíquico– se abre un espacio de reflexión; consecuentemente de oportunidad, para crear entornos de confianza, empatía y compasión; orientados al bienestar.

–La vulnerabilidad es la base de la empatía y la compasión–

Siento y pienso –no digo que sea así, es lo que siento y pienso–, al dejarnos atravesar por la idea de vulnerabilidad no podemos evitar «sentir». El «sentir vulnerable» tiene una doble vía –Ida y vuelta. Siento y siente–, ambas desembocan en lo mismo: necesidad de protección y necesidad de cuidado. Me imagino inmerso, entre personas, seres sintientes: «afectados». Al mismo tiempo con una sensación de cobijo y cuidado: «acompañados». En la «auto-vulnerabilidad» y en la percepción de «vulnerabilidad del otro», se encuentra una oportunidad única de afectación e influencia mutua. La posibilidad de generar una influencia real, profunda y sincera. Entre los unos y los otros. Hasta quizá, quién sabe, porque no: El poder de crear y recuperar esa confianza que en las sociedades actuales ha quedado un tanto olvidada.

La vulnerabilidad abre un espacio de reflexión necesario en el mundo que habitamos. Saberse vulnerable permite concebir la finitud de la vida –memento mori: «recuerda que morirás»–. Permite observar con mayor realismo la vida de los nuestros y, también, la de los ecosistemas del planeta que habitamos.

Como parte de mí naturaleza humana sé que puedo morir y, sin saber cuando –más temible aún–, tengo la irremediable certeza de que va a pasar. Esto debería darme una cuota de conciencia y, además, una cuota de humildad. –Siento, pienso y razono– La vulnerabilidad es un aspecto esencial entre los seres vivos, pareciera que lo hemos olvidado –aunque sea un poco, no todos pero la mayoría, ¿no?–

Cuando me siento vulnerable, se elevan las posibilidades de recordar lo importante que es cuidar de mí mismo, cuidar de los míos y los otros. –Me pregunto– ¿Qué es esto del «autocuidado»? «Tratarme y hablarme como sí fuese una persona que depende de mí». –Reflexiono– ¿Puedo verme en mí interior como sí fuese mí propio hijo u otra persona vulnerable?– Etimológicamente hablando la palabra «auto» significa «mí mismo» –o «uno mismo»–. Cuidado proviene de «curar». Es decir, el autocuidado puede interpretarse como «curarse a uno mismo». 

–Pienso y digo –Una vez que trabajamos en cuidarnos y curarnos, sí es que lo hacemos; al concebir e incorporar la vulnerabilidad –posibilidad de recibir una herida–. Deberíamos tener mayor sensibilidad ante nosotros mismos, los otros y la realidad que nos acontece, ¿no?

–Me pregunto y te pregunto –¿Alguna vez sufriste daño? ¿Alguna vez generaste daño? –Paro de escribir y río con sarcasmo, no puedo evitarlo–.

La vulnerabilidad influye profundamente en los lazos afectivos. Las personas. Nosotros –todos–, sumergidos en nuestra propia individualidad, sentimos soledad y aislamiento –algunos más y otros menos–; es propio de la individualidad. Asimismo, también buscamos la conexión y vinculación, somos seres sociales y necesitamos sentirnos seguros y acompañados.

Ésto me conduce a un interrogante final. Nuevamente, me pregunto y te pregunto:

–¿Estás siendo lo suficientemente vulnerable como para crear profundos –y reales– lazos de confianza?

¡Te invito a pensarlo!

Fin.

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