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Desafíos. Los pequeños gigantes. | #8

Es un día soleado de primavera, la temperatura oscila entre los 23 y los 24 grados. Matías está en su café habitual conversando con Daniel, su íntimo amigo. Como es sábado ninguno de los dos tiene responsabilidades que cumplir y el plan es éste: juntarse en el café a conversar.

Mientras conversan un poco de todo, Matías sin pensarlo, desvió su mirada y observó la mesa que se encuentra a su izquierda y a unos 2 metros; hay dos mujeres que al parecer tienen el mismo plan que ellos. De forma curiosa y, quizá algo inconsciente, Matías en tanto que Daniel le seguía hablando, dejó de escucharlo y dirigió su oído hacia la mesa de aquellas mujeres. Escuchó la palabra «escritura» y de inmediato, el resto de la conversación se volvió ininteligible.

«Deben de estar hablando de un libro» –pensó–. Volvió a dirigir su mirada a Daniel y continuo oyéndolo en silencio. Él, le contaba algo sobre su trabajo pero Matías le perdió el hilo. Unos segundos más tarde, instintivamente, lo interrumpió y le dijo –Amigo, tengo que empezar a escribir… –Pensó y reforzó. ¡No lo puedo seguir posponiendo! –Daniel, lo miró a los ojos. Sonrió y le dijo –Matías, hace años que hablamos de esto. Deja darle tantas vueltas. Arranca de una vez–. Si no se te da bien podés dejarlo, ¿no? –Reforzó–.

A lo largo de los últimos años, Matías había anhelado convertirse en escritor. Admiraba profundamente a quiénes escribían. Sin embargo, como solía hacer cuando tenía un desafío grande por delante –los pequeños gigantes–, lo idealizaba tanto pero tanto, que nunca parecía ser el momento adecuado para comenzar. A pesar de esto, ese día como por arte de magia, luego de «escuchar» la conversación de la mesa lindante, fue como un «momento Eureka». Un antes y un después. Al día siguiente Matías comenzó su «camino» de escritor. 

«No sé si voy a poder –pensó mientras escribía las primeras palabras con su notebook–. ¡Vamos, yo puedo! –Se dijo, buscando auto-convencimiento–. Continuo escribiendo. Al completar las primeras 1000 palabras, más o menos dos páginas. Matías se sintió extasiado, enérgico. Sentía cómo la adrenalina recorría todo su cuerpo. Estaba sentado, movía rápidamente sus rodillas y pies de arriba abajo. Comenzó a leer su escrito, trataba sobre: «un chico que conoció a una chica…». Al terminar de leerlo –Pensó y se dijo –Matías, esto sí que es una verdadera cagada. ¡Es malísimo!–. Como quién no puede evitarlo, encogió sus hombros, alejó la computadora con sus dos manos y desvió su mirada hacia otro lado.

«Tengo que volver a intentarlo. –Se dijo Matías, al día siguiente y se sentó a escribir nuevamente. Ésta vez, era su hora de almuerzo, y se encontraba en la oficina donde trabaja. Hoy al igual que ayer, escribía sin interrupción. No le costaba escribir una palabra encima de la otra, no le costaba escribir un párrafo y empezar otro para luego terminarlo. No le costaba nada, de hecho, lo disfrutaba. –Pensó– «El blanco y el punto de inserción latiendo me llama, me invita y se insinúa. Quiere que escriba y cuando escribo, siento que estoy dentro de un sueño». Al terminar este nuevo escrito, ésta vez de una página y media. Matías se dispuso a leerlo. Nuevamente le pareció ¡malo! –Se dijo en voz alta, llamando la atención de las personas de su oficina –¡Matías: es muy malo!

La mañana siguiente Matías sentía su cuerpo cansado, como sí algo grande lo hubiese atropellado. –Mientras tomaba la parte superior de su cabeza con su mano derecha. Por alguna razón recordó la película del Rey León, se dijo en voz baja –Me pasó por encima la estampida que mato a Mufasa–. Durante el transcurso de ese día Matías pensó reiteradas veces en escribir e intentarlo nuevamente. Pero no lo hizo. La simple idea lo agobiaba, lo hacía sentir abatido. No tenía energía.

Hoy al igual que ayer, Matías pensó en escribir pero no lo hizo. Pasó una semana desde la última vez que escribió. Así, pasaron las semanas y luego los meses y también los años. Matías no volvió a escribir.

Era un día como cualquier otro, la vida de Matías seguía su curso –tenía un trabajo estable, estaba casado y era padre de dos nenes hermosos: «los melli»–. Podría decirse que su vida era ordenada. Como cada mañana bebía una taza de café y de repente, por alguna razón que no pudo detectar, no supo por dónde ni porqué; repentinamente sintió otra vez la voz interna que le decía –Matías, tenés que escribir. –Shhh… ¡Basta! No quiero –Se dijo silenciosamente, en tanto que cerraba sus puños con fuerza–. Otra vez su voz interna le habló insistentemente –Matías, ¡escribí!–. Así pasó la semana completa, luchando contra su voz interna.

El domingo por la tarde mientras su mujer y sus dos hijos descansaban, después de un largo paseo. Se dijo y resopló –Bueno, voy a intentarlo una vez más…–. Se sentó en la silla del comedor, apoyó su notebook en la mesa y empezó a escribir. Al igual que las veces anteriores, Matías escribía con soltura, las palabras aparecían unas detrás de otras –Pensó– «¡Ay! No sé, no sé… No sé que es lo que me impulsa a escribir pero cuando lo hago, siento calma y paz» –continuó escribiendo y pensó– «Creo que siempre escribo. Escribo cuando no estoy escribiendo, cuando hablo, cuando estoy en silencio. Escribo siempre que estoy despierto y me pregunto: ¿Escribiré también cuando duermo?» –Matías, se quedó pensando alrededor de éstas ideas–.

A diferencia de sus intentos anteriores, ésta vez Matías, se propuso seguir escribiendo y lo hizo. Escribía siempre en privado. Le dijo a su mujer que Carlos –su jefe– le encargó un nuevo proyecto que requería de atención adicional –horas extras–. Si bien sintió algo de culpa por la mentira, escribía por la mañana al despertar y por la noche antes de dormir. Lo hacía de lunes a viernes y, a veces, incluso los sábados y los domingos. Sin descanso. Así fue acumulando horas, y más horas de entrenamiento.

Actualmente, cuando relee sus escritos se dice –Matías, ésto que escribiste no está mal ¡nada mal!–. Pasaron los meses, luego de varios «proyectos asignados por Carlos» completados; al terminar un escrito, releyó y se dijo en voz baja –¡Estoy listo! Llegó la hora de contarle a Sara –su esposa–. Revisó y editó algunos de sus escritos. No se decidía por cuál elegir –pensó– «¡ay! me da un miedo. –Volvió a decirse –Lo tengo que hacer; y lo hizo. Se acercó al living y le dió a su mujer uno de sus escritos, sin contarle de sus faenas –mentiras, narrativa interna, frustraciones, horas dedicadas…–. Ella lo leyó y le dijo: ¡Mati! Es muy lindo lo que escribiste. –Él, la miró a los ojos. Sonrió y le dijo: ¡Gracias mi amor!

Los años siguientes, Matías continuó escribiendo. Pero lo hizo sin esconderse y sin miedo.

Fin.


Reflexiones, todas las semanas desde el 20 de marzo de 2024.

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