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Desconfiados. | #60

—¿Alguna vez pensaste en la influencia que tiene sobre vos la desconfianza?

—¿Por qué me está mirando? ¿No puede mirar para otro lado? —Se dice en silencio, su interior habla. —¡Por favor! ¿De verdad? Me estoy alterando. Me molesta que me miren así, ¿estará intentando algo? —Definitivamente, algo está buscando. —¿Tendré algo en la cara? —Saca el celular. Abre la cámara y revisa. Nada nuevo. —No entiendo, porque me tiene que mirar. —Algo no está bien. Me está mirando mucho, esto no es normal. —¡Ay! ¡Odio esto! No quiero que me mire, menos así. Encima, tiene cara de psicópata. —¿Qué hago? ¿Pido ayuda? —No entiendo.

—¿Por qué se vestirán así? ¿Qué es esa ropa? —Son tan diferentes ahora. Esa forma de vestir, esos peinados. Sus actitudes. —¿Por qué se mueve de un lado para el otro? ¿Qué me está mirando? —¡Qué bárbaro! Ni siquiera puede quedarse en paz, sin moverse de la silla. —¿Por qué se retuerce? —Por lo visto tiene algún problema. ¿Qué le pasará? ¿Estará bien? ¿Tendrá una crisis nerviosa o ataque de pánico? —No entiendo.

—¿Y ese? ¿Qué hace? ¿Por qué se nos acerca tanto? ¿Por qué nos mira así? —Mmmm, tiene una pinta. Esa ropa. —Mira a la persona que tiene al lado, con voz baja, dice: —¡Shhh! ¡Ojo con ese! Guarda el celular. ¡Es chorro!

Hechos. Interpretaciones. Acciones. Personas. Lugares. Café, restaurante, transporte público. Escenas de la vida cotidiana. —La imaginación guía. Humanos separados por el espíritu de una época, por valores, historias, fantasías y deseos. No hay culpables pero es visible, el individualismo se expande.

—Unidos por el tiempo y espacio, separados por una profunda desconfianza. 

El recorrido comienza con el análisis superficial y juicioso de la vestimenta, recorre la búsqueda de familiaridad y certeza, y se choca con el miedo a lo desconocido que pone significados perversos a lo que, la mayoría de las veces, no lo tiene. 

—¿Habrá sesgo cuando la intuición completa el sentido sin ayuda del otro? 

De un lado, la voluntad queda relegada al imaginario. Desaparece la expresión de la duda, la interacción y la pregunta. Lo «no dicho» se rellena con impreciso sentido. —¡Hacele caso a tu cuerpo! —Dicen, como si este no cometiera errores. No hablemos de excesos, ni adicciones. —Al otro lado, con absurda firmeza, un mundo repleto de certezas. Conectados a la racionalidad, desconectados del sentir. El cuerpo notifica y aún así, se niega. Aunque se siente, la negación persiste.  —¡Lo que no está probado, no existe! —Dicen con testarudez.

No es nuevo, nuestra conversación interna rellena vacíos. Nos da miedo lo desconocido. Los sesgos, se refuerzan en nuestro interior y en las charlas con nuestra gente. Tribus. Destinamos gran parte de nuestro tiempo a confirmar lo que ya sabemos y pensamos. Someterse a la realidad de un otro distinto, duele. —El delirio interno crece. La desconfianza también. —¿Hacerlo distinto? ¿Nuevas preguntas? ¿Hipótesis? —No. No las probamos —¡Per Saltum! —¡Las pensamos y validamos! 

Ir directo al grano anula el misterio. Donde no hay misterio no puede desarrollarse la magia. Aunque, la magia requiere de una plataforma adecuada para existir, crece en la luz. —Entonces, ¿en la oscuridad qué pasa? —Reina el terror.

Cuando no te conozco, biológicamente hablando, mi cuerpo se pone alerta, mi piel se eriza, mi intuición se activa y mi cerebro procesa deliberada y aceleradamente información. Tengo que comprobarlo, rápidamente, las probabilidades de que seas amigo o enemigo, son las mismas. 

—¿Cuánta energía pierdo en la desconfianza? ¿Qué pasaría si me libero de ese ruido? ¿A dónde podríamos llegar con ese excedente de energía?

—Contextualizo. Proceso información a toda marcha. Rápido, más rápido. —Escaneo. Vestimenta. Cara. Gestos. Actitudes. —¿Ahora? ¿La probabilidad de amistad aumenta, o por lo menos, la de enemigo disminuye? —¡No! ¡Amenaza! ¡Podría perderlo todo! —Una alarma, un recuerdo. —«La potencialidad de que seas un ser perverso y demoníaco, se alimenta en la serie de Netflix que vi anoche». —¡Respiro! —Pero igual, la tensión sigue activa. 

—¿Pensamos con claridad antes de realizar juicios? ¿Por qué insistimos con juegos psicológicos? ¿Por qué nos resulta más fácil desconfiar que confiar? 

No se cuando fue que pasó, pero pasó. Al igual que a vos «el miedo», me atravesó. Es terrorífica la idea de no tener respuestas. Odio ese vacío. Es desgastante el misterio que esconde lo desconocido. —Me da miedo no saber, pero la «acción de interactuar y buscar respuestas», también. Es profundamente dolorosa y desgastante. 

—¿Será la desconfianza el espejo de mi propia ignorancia? —¿Qué pasa si confío? ¿Confiar es tan aterrador? —Que pasará si elijo comprobarlo…

Fin.


Reflexiones, cada semana desde el 20 de marzo de 2024.

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