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Habitar no es viajar. Reflexión para el viajero. | #61

—¿Qué le puede enseñar un habitante a un viajero?

Como menciona el filósofo alemán Martin Heidegger: «Habitar es el modo en que los mortales son en la tierra». La frase esconde una interesante idea, para «ser» hay que habitar. Habitar significa «tener», quién habita tiene de manera repetida.

Mientras más larga es mi estadía, más habito un pensamiento: «En los detalles está la diferencia». No se trata de tener por tener, ni adueñarse de cualquier cosa. No se trata de tener mucho; sino, desear poco. —Una vida buena, es aquella que se distingue por el brillo de pequeñas cosas y no, por el exceso de grandes lujos. 

El habitante se sumerge. Observa, aprecia. Se da permiso, recorre. Mira su tierra, respira. Conoce los colores más brillantes y también los más oscuros. —Habitar, es tener repetidamente. Es tocar, agarrar, abrazar. Es inhalar lo que está ahí, pero también exhalar. Soltar, para más tarde, volver a agarrar.

Habitar es nacimiento y muerte. Vida y duelo. Complejo. Continuo. —Habitar no es intercambiar un estado por otro, un vínculo por otro o un lugar por otro. Eso es lo que hacen los nómades, viajeros. 

—¿Sos habitante o viajero? ¿Querés más de lo que hay afuera o profundidad en tu propia tierra?

Al viajero le falta tiempo, recorre rápido. Viaja a través de la superficie. Sea una obra magna, sonidos momentáneos o fuegos artificiales, la diferencia es pequeña. El efectismo es lo importante. Si es llamativo, interesa.

El viajero se guía por reseñas y mapas. Sólo cuando construye vínculos de confianza con los locales, saborea –al menos por un rato– los secretos reservados para verdaderos habitantes. —Es humano. Hay pulsiones que están en nosotros. En lugar de viajar por la vida, queremos habitarla. Sin embargo, el tiempo se acelera. Nos pone trampas, nos engaña. Sin vigilancia es fácil volverse viajero.

—¡Ojo! —No está mal viajar, siempre y cuando no se cristalice el viaje en nosotros. Tampoco está mal la superficie, siempre y cuando no se olvide lo profundo. —Sin profundidad, hay peligro. Sin sentido, podemos volvernos viajeros de nuestra propia existencia. 

Hoy ocurre algo llamativo, la superficie se tiñe de profundidad y el viajero se disfraza de habitante. —El mundo está confundido. La superficie evoluciona tan rápidamente que una cosa y otra, parecen ser lo mismo. —Entonces, ¿qué es lo que cambia si para el observador se vuelve indistinguible? —¡Simple! La diferencia está en lo complejo. Al mirar más de cerca, hay densidad y profundidad.

Las hojas del árbol se mueven. Con la fuerza del viento, danzan. Cuando todo se acelera, el árbol responde: densidad y profundidad. Observarlo, no cansa.

—Internet, las plataformas, aplicaciones y la IA, son saltos evolutivos de nuestra época, pero, ¿los algoritmos conocen de densidad y profundidad? —¿Son puentes o destinos?  —Si hay complemento, expande, enriquece. Pero, ¡cuidado! —No hay que olvidar, ¡hay que pensar!

Son los habitantes los que conocen los detalles. Las pequeñas cosas marcan la diferencia; conectan el decir con el hacer, el mundo teórico con el práctico. El mapa con el territorio. —No es lo mismo mirar durante horas Google Maps, que caminar un minuto, con los pies descalzos sobre el pasto.

Aunque sea engañoso, ¿por qué sería lo mismo viajar que habitar? —O mejor dicho, ¿por qué viajar en lugar de habitar?

—Hacé una pausa. Cuidá lo sagrado. No abandones la capacidad de sorprenderte y habitar tu propia tierra. No pierdas la conexión con tu cuerpo. —Mirá el cielo. Respirá. Sentí, oí. —El viento provoca, las hojas se mueven.

—¿Qué pasa si parás? —¡Silencio! Inhala y exhala. Evitá viajar por un rato. Reflexioná: —¿Estás habitando tu propia existencia?

Fin.


Reflexiones, cada semana desde el 20 de marzo de 2024.

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Hasta el próximo miércoles, seguro. Gracias.

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