–¿Soy lo suficiente? –No, no lo soy. ¡Soy malísimo!
–¿Te pasó alguna vez que sentiste no estar a la altura? –A mí sí.
Según Pauline Clance y Suzanne Imes (a fines de la década del 70) lo describieron cómo el «síndrome del impostor». Es un fenómeno psicológico en el que una persona duda de sí misma y siente miedo a ser descubierta como una mentira.
Ahora bien, la sensación de no ser suficiente es algo que nos acompaña, pero no es lo único. Porque el «juego de la vida», es un juego de roles.
Se trata de una aventura continua entre el «Postor», el «Impostor» y el «Narrador». El Postor, es el que apuesta, el que hace, hace y hace. Se entrega a la experiencia y sencillamente, vive. El Impostor es un observador severo, juzga con inseguridad y miedo. Pero también es quien mira críticamente y llena de negatividad lo que experimenta. No solo cuestiona la acción del Postor, sino también las miradas de los espectadores.
Por otro lado, está el Narrador. Es aquel que pone las palabras y da sentido a la obra. También le pone límites al Postor. Y también al Impostor. Es el arquitecto de los recuerdos, quién tiene el poder de narrar el presente y reescribir el pasado. –Crea el guión definitivo.
Mientras escribo el Postor se deja llevar. Está en la zona. Palabra a palabra, párrafo a párrafo. –El Impostor cuestiona: –«¿Tres roles? Mmm…» –Continúa con dureza. –«El escrito es demasiado enroscado. ¡Sos demasiado enroscado!» –«¿Dónde está el marco teórico –filosófico o psicológico–? ¿Qué sostiene lo que estás escribiendo?» –«Es un mal escrito». —El narrador interviene. Pega un golpe en la mesa, narra: –«Amas escribir. ¡Hacelo!». –«Plasmá tu singularidad. ¡Hacelo!» –«Sí, es una posibilidad que al lector no le guste. Siempre vas a tener críticas, no podes gustarle a todo el mundo. ¡Hacelo!».
–El Postor se empodera. El Impostor se debilita, baja la voz. El Narrador potencia la historia.
–Mi yo escritor: ¡Crece!
Los seres humanos somos raros. En parte por la inexperiencia, pero también por la inconsciencia que nos lleva a creer que podemos escapar de nosotros mismos. –Nos contamos historias fantásticas. El Narrador utiliza el camino del héroe y también del antihéroe. –Buscamos evasiones, escapes, ruidos. Corremos, caminamos, andamos en bici, en auto y patineta… Nadamos. Escuchamos música. pasamos horas en redes sociales. Miramos películas y series. –A veces lo hacemos genuinamente para entretenernos. Pero son más, las veces que lo hacemos para silenciar el diálogo interno. ¡Evadirnos! Pero, lamentablemente, tarde o temprano y a la larga o a la corta, lo notamos. No podemos evitar llevarnos a donde vamos. Porque estos roles, con su voces, nos acompañan. Están ahí, en nosotros.
–Tres versiones del yo. Tres máscaras. Tres roles–.
Al avanzar y recorrer el camino del «hacer», con un poco de distancia y conciencia, nos damos cuenta. –No hay una meta real, sólo hay camino. Y al llegar a algún lado, notas que no llegaste a ningún lado. –¡No es real! Es el Narrador quien da sentido. –¡Sí! Existe lo bueno y lo malo. Lo claro y lo oscuro. Lo bello y lo grotesco. Y lo feo. –Pero, me pregunto y te pregunto: –¿Qué rol juegan las perspectivas? ¿Las convenciones sociales, el culto, el pensamiento colectivo y el momento histórico? ¿Cuántas cosas impensadas ayer son aceptables hoy?
En el juego de la vida se forma de apuestas, juicios y narraciones. Parecen definitivas, pero cambian. Se reeditan. Porque nuestra vida es un «juego infinito», que termina. Mientras hay vida, el juego continúa. El juego es el camino.
–Las narraciones dependen no sólo de los hechos narrados, también de la potencia del narrador. Porque el rol se potencia para quien sabe escuchar.
Cuando aceptamos y aprendemos que el impostor está ahí juzgando y el postor apostando. El juego se hace más llevadero. Porque al final son versiones de nosotros mismos, no las podemos negar. Tampoco podemos escapar.
–El poder convivir o no con los eventos del pasado y presente, es un exhaustivo trabajo narrativo.
Entonces: ¿qué te pasa si abrazás al impostor y lo aceptás? ¿A dónde va el juicio que no se confronta? ¿Y cómo es la acción de quien apuesta cuando la energía no se diluye luchando con quien juzga?
Decime: ¿cuál es el rol del Narrador si la batalla no existe? ¿Podemos usarlo a nuestro favor? ¿Quizá para reescribir historias del pasado que potencien el futuro?
Mirá, aceptarse es aceptar tus máscaras. Tus rasgos son tuyos.
Recordá que: –El Postor apuesta. El Impostor juzga. El Narrador, define la historia. ¡Aceptalo! ¡Abrazalo!
Entonces: ¿cómo vas a reescribir y escribir tu historia? ¿Cómo vas a jugar el juego de la vida?
Fin.
Reflexiones, todas las semanas desde el 20 de marzo de 2024.
