Pasamos gran parte de nuestra vida esperando y deseando que lleguen determinados momentos. Cuando somos chicos, esperamos ansiosamente nuestro cumpleaños, las vacaciones o la Navidad. En la adolescencia, soñamos con el primer beso, la independencia o simplemente ser “más grandes”. Ya de adultos, anhelamos independencia plena, formar una pareja, quizás una familia. Queremos un auto, una casa, un viaje, una experiencia, un espectáculo… o todo junto. No podemos evitarlo. Deseamos.
A veces, producto del azar o porque empujamos lo suficiente las circunstancias, las condiciones externas cambian. El entorno no se nos niega, parece alinearse y jugar a nuestro favor. De repente, por arte de magia, lo que tanto buscamos y anhelamos se siente posible, casi tangible. Lo saboreamos.
–Pero, tener condiciones no es lo mismo que estar en condiciones.
Aprovechar esos momentos favorables que nos da la vida requiere más que suerte. Necesitamos preparación, capacidad o al menos, la flexibilidad que implica poder adaptarnos rápidamente.
Hace tiempo que empecé a observar y observarme. Me di cuenta de algo, cuando criticamos o atacamos a otros, suele ser producto de nuestra propia incomodidad. Si no la estamos pasando bien, buscamos manifestarlo de alguna manera, en cierta forma contagiarlo. La crítica excesiva y el ataque es reflejo de nuestra insatisfacción interna. En cambio, cuando estamos bien, las cosas brillan y hasta lo más simple se convierte en algo luminoso, casi sagrado.
–¿Qué tan importante es la motivación para aprovechar las oportunidades que nos rodean?
Hoy Argentina, nuestro país, parece entrar en una etapa interesante. Las circunstancias externas están cambiando y, de a poco, las internas también. Los argentinos tenemos inmensas cualidades, pero también una dosis de picardía o viveza que, muchas veces, nos hace perder oportunidades. Actuamos más por miedo a perder que por convicción a crecer.
Es indudable que cuánto más deseamos lo que no tenemos, más nos oscurecemos y con eso nuestra percepción. Nos volvemos críticos con el mundo y con quienes nos rodean. Nos hacemos incapaces de ver las oportunidades que sí existen a nuestro alrededor.
–Nuevamente viajo en mis ideas y pienso –Cuando somos chicos, deseamos ser grandes porque desconocemos las dificultades que eso implica. A la inversa, muchos adultos desean volver a ser jóvenes o se lamentan por lo que no fueron. Esos deseos –que viajan hacia adelante y/o hacia atrás– nos distraen del presente. –Para aprovechar las oportunidades del entorno, primero debemos cuestionar nuestros sesgos, sobre todo aquellos que nos paralizan. Esos pensamientos negativos que no «oscurecen» a tal punto que pareciera que nada es posible.
Creo que todos conocemos a esos «locos lindos», personas que parecen vivir en su burbuja extasiados de dopamina. Para ellos todo es posible y, en cierta forma, viven la vida sumergidos en magia. Por otro lado, también conocemos el extremo opuesto, aquellos atrapados. Quizá bloqueados en el algún momento de la vida que no pudieron superar. Siempre esperando algo mejor, sin ver lo que tienen delante. Sin ver las oportunidades.
–Es tiempo de repensarnos. El contexto cambia y mejores tiempos parecen acercarse, pero el verdadero cambio empieza adentro. –No todo pasado fue tan malo. Nunca lo fue. No todo futuro es tan bueno. Nunca lo será. Ordenar nuestra propia habitación es tan importante como ordenar el mundo que nos rodea.
–Cuando aquello que siempre juzgamos como negativo empieza a mejorar, debemos estar listos para verlo, valorarlo y aprovecharlo.
Para ir cerrando sigo la costumbre, una pregunta, –Si lo externo empieza a funcionar, ¿a quién vas a culpar si las cosas no salen como esperás?
Trabajemos en nosotros. Salgamos de la queja. Preparémonos para jugar el partido. Les deseo a todos un excelente 2025.
Fin.
