Los temas para las reflexiones semanales parecen buscarme, de una forma u otra, llegan. Hace un tiempo, tanto en mí vida personal como profesional, juego afuera de la zona de confort. Por ese motivo esta semana decidí reflexionar sobre la equivocación y el error.
–Paseemos un rato, ¿Vamos?
–¿Qué es, realmente, el error? –Según la etimología de la palabra «Error», proviene del latín «errare», que significa «vagar» o «andar sin rumbo». Que interesante e irónico al mismo tiempo –¿Hay algo más entretenido que entregarse a la experiencia de andar sin rumbo?
Pienso que equivocarse es algo esencial para la vida. En cierta forma, fallar es divino. De chicos aprendemos imitando y al hacerlo, probamos y erramos. Una y otra vez. –El error es una especie de maestro silencioso, nos obliga a observar, analizar y ajustar eso que hicimos mal hasta mejorar y obtener el resultado deseado. Sin embargo, en la medida que crecemos y nos ponemos grandes, nos volvemos exigentes, perfeccionistas. Por alguna razón empezamos a rechazar aquello que nos hizo crecer. Ese perfeccionismo nos aleja del error y nos paraliza por temor a equivocarnos. Olvidamos la importancia del errar y también, olvidamos, que fue el error el que nos ayudó a desarrollarnos.
Me pregunto, –¿No es cuando erramos que descubrimos nuevos e inesperados caminos? –Hay una frase adjudicada al filósofo alemán Nietzsche que dice, «Lo que no te mata, te hace más fuerte». ¡Algo de eso hay! Hay etapas de la vida que experimentamos sentimientos dolorosos y queremos desaparecer de la faz de la tierra –permanecemos hundidos en la una profunda vergüenza–, producto de haber metido la pata en grande o literalmente haberla «c@g#do». Pasado un tiempo prudente, con algo de trabajo emocional –quizá terapéutico–, y madurado el asunto, algo en nosotros cambió. Crecimos. Ese error, acompañado del sentimiento de dolor, incorporó una lección en nosotros que no podía haber existido de otra forma. –Repito, crecimos. No sólo que no nos mató, sino que además nos hizo una versión mejorada de nosotros mismos. Nos hizo mejores, más fuertes.
Me pregunto, –¿Cómo podemos saber lo que es bueno para nosotros sin errar? –Es verdad que la influencia externa es un recurso valioso. Me refiero a aprender a partir de la experiencia de otros. Pero, ¡Ojo! Por más que hables con personas, leas libros y estudies manuales, ¡Vas a fallar! No hay mejor aprendizaje qué aquel que se vivencia en carne propia. –¡También es cierto! No es necesario que vivamos todo en primera persona. En mí opinión no necesitas saborear todos los sabores de helado que existen en el mundo, para saber que es el helado o cuáles son tus sabores favoritos. –En algún punto cómo dijo mí admirado filósofo Helenístico Epicteto: «Si querés mejorar, sé consciente de tus errores y corregilos». Errar es humano, pero perpetuar una y otra vez en el mismo error, es estúpido.
Pensemos, –¿Por qué le tenemos tanto miedo a equivocarnos? ¿Cuándo fue que perdimos esa valentía de los niños para intentar una y otra vez hasta que aquello que queremos sale? ¿Dónde quedó el atrevimiento y las ganas de aprender a partir de la prueba y el error? –Si lo pensás, ¿qué mejor que fallar y hacerlo rápido? –Por alguna razón, lo olvidamos. Vivimos en una sociedad sumamente superficial, que glorifica el éxito inmediato y condena el fracaso. Claro, equivocarse afecta nuestro ego, al menos por un tiempo. Pero, ¿no es el error lo que nos acerca más a la respuesta correcta? –¡Ey! ¡Vos y yo! Nos recomiendo errar ¡Errar y hacerlo rápido!
Cuando pensamos en intentarlo, nos invaden pensamientos. –No te pasó pensar cosas como, –«Si me equivoco, me van a juzgar, van a dejar de quererme o voy a ser una vergüenza para mí y mis seres queridos». –Esa voz, esas frases, ¿de dónde vienen? ¿Realmente hay un «otro» que juzga tan severamente? ¿O somos nosotros mismos nuestros mayores críticos? –En general, el mayor juez de nuestros actos está con nosotros. Somos nosotros mismos. También es verdad que la vida a veces nos encuentra con experiencias y personas tóxicas –con sus propias agendas miserables–, pero éstas no hacen más que reforzar nuestra propia inseguridad y rechazo a la cultura del error. –Equivoquemonos, hagámoslo con ganas y rápido. Volvamos a reforzar y promover la «cultura de abrazar el error». El mundo está cambiando y lo hace muy rápido. Necesitamos re-aprender y re-pensarnos. Para eso, necesitamos equivocarnos.
Cierro esta reflexión, como siempre, con una pregunta. Me intriga –¿Cuál fue el error más grande que cometiste en tu vida? ¿Qué aprendiste de él? –Compartilo o sólo pensalo.
–Yo, cometí y cometo cientos de errores; sin dudas los voy a seguir cometiendo. Pero lo sé, animarse a errar es crecer.
Fin.
Reflexiones, todas las semanas desde el 20 de marzo de 2024.
