¿Participaste de una charla sobre IA con un geek, techie o con un tecnófobo, tecno-cenizo? —Hoy, estas charlas están por todos lados. Incluso yo mismo, dependiendo de la ocasión, oscilo entre una posición y la otra.
—Respiro y expreso: —¿Qué pasa si no somos prioridad y la IA tiene sus propios objetivos? ¿Te das cuenta que le estamos delegando nuestras decisiones a las máquinas? —Refuerzo —¿No lo ves? Nuestra capacidad cognitiva parece logística, llevamos y traemos lo que nos dice la IA. —Además. —Suspiro y sigo. —¡Saben todo de nosotros! Tienen acceso a nuestra intimidad, conversaciones, contraseñas, ahorros… ¡Es tremendo!
—Muevo la cabeza, asiento. Intervengo y digo: —Con la capacidad que tienen, si armamos equipo, podemos resolver los problemas complejos del mundo. —¡Tenemos acceso a conocimiento como nunca antes! Podemos poner a prueba pensamientos, ideas, hipótesis. ¡Es espectacular! —Sonrío y sigo. —Además, ¿viste los movimientos transhumanistas? Dentro de poco vivimos 200 años y las personas que no tienen la posibilidad, ni accesibilidad, van a tenerla. ¡Es increíble!
Para no hacer, mil y una excusas aparecen. Para hacer, solo una alcanza. Así también funciona con la esperanza. A lo largo del día transitamos cientos de pensamientos de duda, pero un momento de confianza basta, para motivarnos a seguir adelante.
—La duda crece con el miedo, la esperanza con la confianza. El miedo paraliza, la confianza nos pone en movimiento.
—«Esperanza» deriva del latín sperare, significa «esperar con confianza». Una persona con esperanza no es una persona que no duda, sino una persona que a pesar de la duda, sigue adelante. —«Duda», vienen del latín dubitare, significa «vacilar entre dos cosas». Dudar, es humano. Es parte del proceso de pensar, como dijo Decartes: Pienso, luego existo. Sin embargo, vivir dudando es paralizante, está impulsado por el miedo.
Nuestro cerebro está biológicamente programado para priorizar nuestra supervivencia. El miedo tiene una función central, enciende las alarmas y nos pone en alerta. Muchas veces con razón y otras, por las dudas, para mantenernos despiertos –o estresados–. —Crear confianza requiere trabajo y esfuerzo. Mantenerse con la mirada puesta en la recreación de un futuro mejor, es agotador –casi tanto como vivir con miedo–. Requiere energía, vigilancia y un diálogo interno, adulto y constante.
—Te hago una pregunta: —¿Cómo esperas que sea tu vida en 2 años?
—Si ves algo lindo, ves el futuro con esperanza. Es probable que vivas el presente y lo que hacés, con ganas. Por el contrario, si ves un futuro oscuro, es probable que los días los transites de forma lúgubre o gris. —Es interesante permitirse pensarlo. —También se puede pensar de otra forma, ¿cómo estás viviendo el presente y cómo crees que va a ser tu vida en el futuro?
Entre crítica y positivismo, mi voz crítica suele estar más presente. Sin embargo, creo en el poder de la magia, los grandes cambios, el efecto palanca, la iluminación y el efecto del aleteo de una mariposa. —Creo, que la esperanza es necesaria para generar esos cambios impensados que transforman realidades. Como indicó Ernst Bosch, fallecido filósofo alemán: «El afecto de la esperanza sale de sí, da amplitud a los hombres en lugar de angostarlos». —Lo creo, profundamente.
La esperanza no habita en el futuro, el futuro es la excusa para hacer feliz, o infeliz, el presente.
Si bien podemos tener sospecha, realizar análisis complejos, usar herramientas como el cono de futuros, el análisis de escenarios, patrones y tendencias. ¡Lamento decirlo! No tenemos ni idea lo que va a pasar. —¿No me crees? Revisá la historia. Leé o escuchá el discurso de grandes gurúes, referentes, líderes y políticos sobre el futuro. Es muy divertido.
Los proyectos nos dan seguridad y confianza. Pero la vida, se vive segundo a segundo.
Si algo puede ser bueno o malo, o, bueno y malo a la vez, ¿qué pasa si existe un relato masivo esperanzador? En los medios, entre las personas, en nuestras mesas y, en nuestra propia mente. —¿Cómo será vivir en un mundo con esperanza generalizada?
—¿Cómo se siente un niño cuando recibe el apoyo del padre –o madre–, que le dice: «pase lo que pase voy a estar con vos para apoyarte»? ¿Cómo nos sentimos cuando nos decimos a nosotros mismos: «pase lo que pase, todo va a estar bien»? —¿Se puede vivir dándole prioridad a la esperanza?
—¿Cuál es el punto medio, justo o apropiado entre tener esperanza y volverse un fanático del «happy flower» –positivismos tóxico–? —No tengo la respuesta. Si, me pregunto porque no cuestionamos la desesperanza institucionalizada en los títulos catastróficos y mensajes de terror que salen en los medios. Porqué no dudamos de los escépticos, los apocalípticos, ni de quienes pronostican el derrumbe económico, la pérdida de empleo, el hambre, la guerra, e incluso, el fin de la humanidad. Pero si, tratamos de irracionales a quienes confían excesivamente. —Pienso seguido en la diferencia que existe entre los argumentos que dicen: ¡Lo que viene será horrible! y ¡Lo que viene será bárbaro!
—¿Seremos nosotros, nuestros miedos y nuestra confianza, queriendo asumir el «rol imposible», de adivinar el futuro? —Y si así fuese: ¿Cuál elegís que sea tu narrativa?
—Yo, más allá de dudar todos los días. Elijo la esperanza.
Fin.
Reflexiones, cada semana desde el 20 de marzo de 2024.
Si te hizo pensar, hacémelo saber. —Recomendación, comentario, compartir.
La señal que estás ahí me inspira y me ayuda a darle visibilidad al escrito
Hasta el próximo miércoles, seguro. Gracias.
Reflexiones, todas las semanas desde el 20 de marzo de 2024.
