Perder el control, me da miedo. —¿A vos?
Respiro. Lento. Intento mantener el control. Necesito tenerlo, es una sensación que me gusta. Necesito la ilusión de control.
Bien. Ya estoy mejor, puedo pensar.
Pienso.
Hay otras cosas que necesito. Biológicamente podría pasar días sin comer pero tengo hambre, necesito alimentarme. Porque cuando como, le digo a mi cuerpo que no hay amenazas y todo va a estar bien.
Más allá de la necesidad ilusoria de control y comer. Está la escritura.
No puedo pasar ni un día sin escribir. —¿Exagerado? —Lo es. Para mí, es una rutina casi tan importante como comer.
Como y escribo todos los días. Con lluvia y con sol.
Puedo parecer obsesivo, o, ¿controlador? —Da igual, no creo que importe. Mis rutinas son mi santuario. No van contra nadie, van en favor mío.
Importantes, mías.
Mis necesidades son importantes para mí. Las tuyas para vos. Pero si nos queremos, nuestras necesidades se vuelven importantes para los dos.
Como te decía las rutinas ayudan. Si son sanas permiten abarcar. Convivir mejor con el estrés, la presión y el desequilibrio. Convivir con el caos de la vida misma.
Cuando una convivencia es sana, no se trata de controlar. El control es una ilusión.
Yo no controlo nada. Incluso esto de escribir todos los días podría perderlo. Los accidentes pasan. Junto con la ilusión de control, el comer y las rutinas, siento la extraña sensación de ser parte de algo más grande y eso, me trae calma.
No hablo en sentido partidario, fanático, político o religioso. Tampoco superficial. Ninguna me representa.
Si bien me gustan los rituales y las tradiciones, no me gusta el fanatismo. No me gusta cuando las personas despegan los pies de la tierra y olvidan. Sobre todo eso de olvidar. Perder la memoria nunca es bueno.
Tampoco es cuestión de reinventar la rueda ni exigirse demasiado. Es más simple.
Por eso para mí es importante escribir. Me anoto cosas que no quiero olvidar.
Con el tiempo me di cuenta de que las cosas con origen profundo, tienen sentido. Por algo están ahí. Cuando te salís un poco del ruido, a la distancia, se ven más claras. Parecen contraintuitivas, no lo son, están ahí por algo.
La ilusión de control, el comer, las rutinas y la extraña sensación de ser parte de algo más grande. Todas me ayudan. Son un santuario.
Entre el caos externo y el mío interno, transito lo que no puedo controlar de forma pacífica. Aprendí que si tiene que llover, sé que va a llover igual; y en general, aún con paraguas te vas a mojar.
Así creé mi santuario: un lugar donde puedo esperar hasta que la lluvia pase y el sol salga. —La vitamina D es importante, ¿no?
Antes quería controlar el desorden, noté que no es la respuesta.
Mejor un santuario. Todos necesitamos uno para que nuestra vida mejore, a lo largo y a lo ancho. Un Santuario. Un espacio seguro donde no tenés que rendir cuentas pero sí podés hacerlas.
Cuentas, dibujos, historias. Lo que quieras. Tu santuario. Tus reglas.
“Orden” viene del latín “ordo”, significa “alineación” o “disposición”. Ideal para el santuario.
“Desorden”, “separación” o “negación” de esa alineación o disposición.
Más te permitís vivir, más aumenta el caos. La vida es desordenada. El control, una ilusión. Cuando los chicos juegan, hacen ruido. Cuando las cosas se usan, se ensucian. Iniciar proyectos, te pone a prueba.
El amor, te altera.
Lo que genera adrenalina, genera caos. Una vida “plana” es controlable. Una vida plena, no. No se controla.
Vivir es desordenarse. Caos. Rutinas. Santuario. Orden. —Plenitud.
La vida es desorden. El control una ilusión. —¿Querés una vida plana o una vida plena?
—¿Ya creaste tu santuario para vivir la plenitud del caos?
Fin.
Reflexiones, todas las semanas desde el 20 de marzo de 2024.
