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Singular: real y en primera persona. | #6

En vísperas de la grabación de un nuevo capítulo de Snac Podcast, me propuse investigar y analizar y escribir sobre «singularidad». Pronto comunicaré más novedades sobre el lanzamiento del podcast, ¡falta poco!

Como de costumbre, afloraron en mí, múltiples interrogantes y, además, varias «puertas de entrada» para abordar este concepto; como también es habitual, lo que busco es escribir ideas propias, ese es mi legado y, espero que un día, al igual que lo estás leyendo vos, también mi hijo lea mis escritos.

–¿Empezamos?–.

Al igual que sucede con otros términos, la singularidad pareciera haber nacido recientemente. Hay palabras que parecen ser hijas de la ciencia y, sobre todo, de la tecnología. Por poner algunos ejemplos recientes, palabras tales como: «amistad», «comunidad» y «me gusta»; al ser leídas, nuestra mente no puede evitar asociarlas con plataformas de redes sociales –otro ejemplo, que surge del ejemplo: «redes» y «sociales» ¿viste?–.

El término Singularidad acuñado desde la perspectiva de la Inteligencia Artificial (IA), es el «momento en el cual la IA supera a la inteligencia humana», interesante y algo tenebroso. Pero bueno, al igual que con la mayoría de los temas: poco sé y mucho reflexiono al respecto; sin embargo, ésta no es la «puerta de entrada» de mí reflexión; no es la puerta que busco, por lo cual: ¡la cierro!

En términos «humanizados», la Singularidad, proviene del latín «singularitas», significa «perteneciente a uno o cualidad de uno». Está asociado además al potencial humano de alcanzar un estado evolucionado, un punto crítico, en el cual se producen cambios profundos. ¡Excelente! Esta sí es mi puerta, ¿entramos?

Todo esto me genera los primeros interrogantes: ¿Qué tan difícil es ser singular? Porque, lo singular –cualidad de uno– se separa y/o distingue de lo plural –o lo general–. Entonces, dicho de otra forma, sería algo así como: ¡ser diferente! Y, probablemente, si sos diferente, te sentís diferente del resto, ¿no?

Entonces: ¿Cómo te hace sentir ser diferente del resto? ¿Cómo te hace sentir no ser –o ser menos– plural? –Siento y pienso. No digo que sea así, sólo escribo lo que siento y pienso– Cuanto más singular es la propia naturaleza, más pareciera evidenciarse la fricción ante la mirada plural, ¿no?

Imagino, que vos debes haberlo sentido; en algún contexto particular –ya sea: un grupo, un evento social, como lector o espectador–, sentiste que no sos –o no eras parte–; que los códigos o símbolos que se manejaban, no te representaban. Bueno: es a esa sensación a la cual me refiero. Podemos decirlo: «Ser distinto no es fácil».

¡Ojo! Con esto no me refiero a que sos un ser superior, que manejás energías excepcionales y/o te destacas por sobre otros seres humanos –si lo sos, ¡te felicito! Probablemente el mundo te recompense–; me refiero pura y exclusivamente a que en base a tus características y vivencias, por lo menos, es poco probable que haya otra persona igual a vos. Es decir, que haya nacido en un mismo tiempo y espacio que vos, que haya transitado las mismas historias y vivencias que vos y que haya sentido las mismas cosas que vos sentiste. Básicamente, son tus huellas –ya sean heridas o sanaciones–; parece, por lo menos, poco probable, ¿no? –salvo para teorías de multiverso–.

Bueno, en mi pensamiento –no te olvides que es mi escrito–, en tu unicidad es donde nace tu singularidad, la mía, la del vecino, la del chico que atiende en el café o la chica que acaba de pasar caminando.

Llegado a este punto, pareciera que debemos reflexionar sobre ciertas cosas. 

Nota: Si tenés una mirada determinista y crees, ferviente y tozudamente, que sos parte de un engranaje mayor en el que todo, ya está determinado; imagino, que lo que leas a continuación va a hacerte poco sentido. De todas formas, te invito, por deporte, a seguir adelante–

–¿Seguimos?–

Siento que para poder vivir nuestra singularidad, tenemos que romper con algunas estructuras o, al menos, cuestionarlas.

Primero, tenemos que intentar romper con nuestro patrón rutinario de comportamiento –aunque sea un poco–: «hacer distinto». Sí haces todos los días lo mismo y, lo vivís igual –como un autómata–, difícilmente vas a encontrar tu singularidad. Hay salvedades, obvio: ¿se acuerdan de Juan? –sino lo hiciste, te invito a leer el cuento: Juan. Una vida con sentido–.

–En cierta forma las cosas nunca son iguales. Pero, demasiado vuelo por hoy, queda para otro escrito–.

Por otro lado: «hacer con los mismos» –estoy seguro, alguna vez lo tenés que haber sentido–, estar con las mismas personas, una y otra vez, teniendo las mismas conversaciones o, las mismas vivencias. El día parece repetirse, como en «el día de la marmota» –¡Gran peli! ¡Saludos a Billy!–. En esos casos, por ahí, no se profundiza lo suficiente y, hay que profundizar más; o, llegó la hora de cambiar, quizá reunirse con otras personas –charlar con el portero, el vecino, nuevas o antiguas relaciones…–; bueno, no sé: crea tu propia aventura para salir de «lo mismo con los mismos».

Por último: «hacer lo que hacen todos», el comportamiento de enjambre, manada, muchedumbre, horda, vulgo, plebe, masa… –pone el nombre que quieras, conceptualmente es lo mismo–. Pareciera –no digo que sea así, sólo es lo que a mí me parece– que existe una tendencia a lucir de una determinada manera y no de otra, a consumir determinados contenidos y no otros, a vivir experiencias muy «auténticas» y no otras; bueno, algo así como una «pseudo singularidad», ¿no?

Ser singular, quizá, requiera un poco más de profundidad –sumersión y/o vuelo–. Quizá, no es suficiente con la «cámara de eco» que hay en el Smartphone; quizá, no es suficiente, tampoco, con permanecer «in eternum» en un mismo grupo y; quizá, no es suficiente, con ser parte de una enorme horda de gente «muy original e inteligente».

¡Ojo! Tampoco creo que ser singular implique ser «auténtico», porque, el punto de partida: ¡está errado! El auténtico se compara, y si sos singular, es por ser quién sos, no por comparación. Tu propia existencia te hace único y real y, ¡de verdad! ¿logro explicarme correctamente?

Hoy, vivimos en un mundo que habla mucho, pero, pareciera no decir nada. Se promueve discursivamente la «singularidad» pero en realidad todo parece ser común y más de lo mismo. ¿Estaremos matando la experiencia real? La del aprendiz e inexperto. La de nuestro propio diseño genético. ¡Esa! la del niño, que aprende mediante prueba, repetición y error. Nos prometieron evolución, pero en lugar de eso, recibimos enormes cantidades de recetas «prefabricadas» ¿Para qué? ¡Para todo! «Los 10 pasos…», «Los 5 hábitos…», «Las fórmulas…», «Los caminos…»  ¿Te suena? ¡Tenemos de todo! Pero… Para vivir una vida real, de prueba y error, en primera persona, ¡poco!

¿Dónde crees que está tu singularidad?

Sí ¡Lo sé! ¡Es verdad! ¡Es difícil! ¡Angustia! Se siente feo, no está bueno errar y. equivocarse, tampoco sentirse distinto.

Pero, sí que está bueno una vez que se transita, volver a escucharse y aprender del mundo con nuestros propios sentidos, con nuestra propia experiencia ¡conectados a lo real! Si queremos recuperar la singularidad, hay que reconectar con la curiosidad del niño –ese él olvidado–.

–Menos sillón, silla o cama–

Hay que ¡Levantarse! ¡Salir! ¡Caminar! ¡Respirar! Probar andar en patas, pisar el pasto –no está nada mal–. ¿Te da asquito? Bueno, crea tu propia aventura. Mirá… Ya sea un árbol, una planta… El río, la montaña… ¡Algo real! –sin pantallita–. Encontrarse y ser diferente, duele –un poco–. Hay que saber esperar, escuchar, y volver a esperar… Un poquito más… Otro poquito más… Estirar la incomodidad. Hasta aburrirse y todavía más… que duela… Hasta cruzar el umbral y entrar en modo: «contemplativo». El auto-diálogo no es fácil. Recuperar la singularidad. Es recuperar el diálogo interno y éste, necesita espacio.

–Si después, del viaje, aún así, decidís ir por más de «lo igual» –hacer lo que hacen todos–, que sea por elección y no, por seguir y estar en modo automático–.

¡Te invito a pensarlo! 

Fin.

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